Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 24 de febrero, 2019.- Desde hace meses la representación de la imagen de Yalitza Aparicio, antes que su persona, se ha convertido en un referente mediático. El marketing multicultural en el que se basó la película de Roma ha sido un fenómeno de alcances epidémicos.  Y hoy por la noche quizás sea el cierra del último tramo de este acontecimiento contagioso, pues, por fin, se entregarán los premios Oscar.

Yalitza nominada al Oscar en la categoría de mejor actriz ha sido expuesta en innumerables portadas de revistas de la farándula con atuendos de todos los estilos y con las poses más diversas. Esto más allá de su actuación en la cinta dirigida por Cuarón es lo que más ha  aumentado la atención hacia ella, dividendo al público entre críticos y benefactores.

El proceso de blancura y de adelgazamiento a su representación al que ha sido sometida se ha cuestionado pero también se han manifestado defensores, señalando que es la norma para quien aparece en dichas portadas, denunciado de “racistas” a quien se ha atrevido a cuestionar esta práctica de por sí “racializadora”. 

Por lo que me gustaría explorar un punto, que creo que hasta ahora no se ha aquilatado del todo en el caso de la emergencia de la fama de Yalitza Aparicio.

Si bien ella ha sido nominada como actriz principal, al mismo tiempo, se ha reconocido que no estudió la carrera de actuación. Ámbito profesional que se le ha cuestionado y que hasta alcanzó el chisme de un supuesto complot contra ella, en el marco de los premios Ariel, por parte de verdaderas actrices (sic).  Por eso se ha dicho que Yalitza es una actriz nata, que no ha requerido el respaldo de una carrera y quizás sea cierto. 

Quien proviene de esos mundos subalternizados alojados en las comunidades originarias en nuestro país se debe de asimilar al mundo mestizo hegemónico. Es decir debe incursionar en un escenario ajeno, donde tiene que actuar una cantidad variada de papeles de toda índole para tratar de equipararse en esa otra realidad: jugar el papel de “indígena” sumiso y obediente, de indígena exotizado y erotizado por su belleza o como el “indígena” que rompe las ataduras de tradiciones y prácticas premodernas y se vuelve un profesional becado por la universidad.

Debe de usar un repertorio diverso de estrategias para entrenar y modular la voz. Desde el tono para apaciguar al poderoso con un: “lo que diga patroncito, patroncita”, hasta cuando sale a la calle a lanzar sonoros gritos de denuncia frente a los agravios y la violencia de ese mismo poderoso, al hacer bloqueos de carretas para hacerse escuchar. Hay hermanas y hermanos que son llevados a manifestaciones de organizaciones “indígenas” en contra de su voluntad y a costa de su propia vida para mendigar en beneficio de ese aquel poderoso. 

También debe de tener una colección amplia de indumentarias para sus múltiples papeles. Ya sean con ropas típicas como “indígena” folclorizada para ejecutar la danza que le da ganancias al turismo del poderoso, o para que se ponga el uniforme de la escuela “indígena” y cante a todo pecho el himno nacional que escribió y suscribió el poderoso, también para ponerse ropas y mimetizarse si viaja a la metrópoli por miedo a ser discriminada y violentada por el poderoso, tratando de evitar que le griten en la calle “pinche india” o en una conversación privada de un actor de poca monta que se ventila después en el espacio público y se vuelva viral.

Quizás por eso Yalitza Aparicio si es una actriz y por eso se merece un Oscar.