Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 14 de mayo, 2019.- Carnes empuja una carretilla roja cargada con fabulosos trozos de carne hasta el interior de la cámara frigorífica. Cuando la tarea está terminada, se dirige a la mesa, saca su cuchillo curvo y pacientemente le da filo. Bosteza una en repetidas ocasiones y sonríe al ver a sus compañeros que se malorean y lanzan huesos que alguna vez fueron rodillas de res a quien se distrae. Con el cuchillo listo, realiza pequeños cortes en el cuerpo de los conejos, que ya sin pelaje parecen admirarlo, con los ojos quietos, muy abiertos, realizar su trabajo. Cuando el día comienza a clarear, y los autos se acumulan en filas interminables sobre la calzada, la chamba ha terminado. Cristian limpia con esmero su cuchillo. Se quita la bata y la guarda en una bolsa de plástico para lavarla en casa. Las botas sucias, opacas por la grasa y la sangre que sobre ellas se acumula, se las lleva puestas. Se pone su chamarra y emprende el camino hacía el metro: por hoy, ha concluido la joda.

LA SECRE

Diana sale de su casa a las seis de la mañana. En su bolso, junto a los cuadernos de la universidad y los papeles de la empresa, carga un par de recipientes rellenos de arroz, un par de piezas de pollo rostizado sobrantes del fin de semana y un guisado a base de carne de res, preparado por su madre. La Secre, como le apodan en la empresa donde asiste como becaria, está molesta. El rostro emberrinchado delata su malestar por tener que abordar un microbús rumbo al metro; fútil tragedia para quien a diario es transportada en el auto familiar hasta su destino.

Camina por los pasillos del metro y sus tacones resuenan como un rítmico martilleo. Los andenes lucen atestados. Se dirige a los vagones exclusivos para mujeres, pero evoca las indicaciones de sus amistades: “Entre mujeres somos bien perras, así que mejor vete con los hombres, con suerte hasta el lugar te dejan”. La Secre entra al vagón entre empujones y tropezones. Molesta sostiene su bolso y lo aprieta contra su pecho. Nadie le cede el lugar.  La temperatura del vagón se acrecienta conforme avanza el convoy, provocando que los cuerpos hiervan y las fragancias asciendan. Diana resopla e intenta, sin resultados, evitar que el cuerpo sudoroso de quienes la rodean la rocen.

 La Secre se avergüenza de vivir en un país donde la gente tiene que viajar hacinada rumbo a algún sitio que ella desconoce. “Yo no sé por qué seguimos dejando que los pobres tengan hijos”, piensa. Siempre ha estado convencida de que el atraso del país se origina en un problema social fundamental: ¡Todos los mexicanos son bien güevones! ¡Todo quieren gratis, sin trabajar ni esforzarse! ¡Prefieren estar echados, durmiendo, panza parriba, con la boca abierta!”

Por eso, sumergida en la incomodidad del metro, luchando por respirar ante los apretujones, mira con molestia al joven que se acurruca y duerme en el asiento para discapacitados, con las botas llenas de grasa y sangre y el rostro ojeroso y el insoportable olor a carne que brota de su bolsa de plástico. Observa con violento desprecio a otro viajero que duerme, con la ropa impecablemente limpia y el cabello bien peinado, con las manos limpias y el aroma a pollo crudo clavado en las uñas. Los mira y suspira: “¡Güevones!”.

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