Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 3 de junio, 2019.- Rugidor los conocía por sus apodos y por su manera de vivir dentro del penal. El Pelón consumía grandes cantidades de droga, fuese la que fuese: un día cocaína, y al otro thíner. Carlos fue acusado de violación, y al igual que el Pelón, era drogo. Otro trasladado era el Gordo, sujeto cruel con los más débiles, a quienes sometía, vejaba y les imponía una cuota económica diaria:

–Al que no cumpla, le ventilo el culo con el querendón –decía mostrándoles un picahielo.

Se escuchó el encendido del motor y el corazón de Rugidor aceleró como cuando lo sacaron de la celda.

Salieron del penal y Rugidor comenzó a escuchar sonidos que ya había olvidado; también percibió aromas remotos y un sentimiento de melancolía apoderó de él; dijo para sus adentros:

—Como que huele a la libertad. Apesta, pero menos que adentro…

Dejó caer su barbilla en su pecho que aún latía aceleradamente. Cerró los ojos viviendo en su mente los acontecimientos de los días anteriores, cuando un compañero trató de apuñalarlo. ¡Qué desgracia! Abrió los ojos y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Recordaba que por instinto había tomado un palo para defenderse de aquel ataque y pegándole en la cabeza a su agresor hizo que cayera inerte a sus pies.

La tristeza y el dolor de su alma lo invadían, su conciencia lo enfurecía, haciéndolo estremecer, preguntándose si habría sido mejor que él fuera difunto.

El ruido del motor le resultaba insoportable, sentía que le taladraba el cerebro; se contrajo hasta expulsar un grito, un aullido de impotencia pura. El custodio abrió la escotilla de la puerta:

–¿Quién fue? ¿Qué fue eso? ¿Oíste, Gordo? A la bajada me dices… O pagas con dientes

–Vas –se escuchó al Gordo.

El silencio se prolongó todo el trayecto.

Rugidor volvió a cerrar sus ojos y creyó ver la imagen de su madre brillando en la oscuridad del vehículo; sentía en su corazón cómo las oraciones de ese ser lo fortalecían, lo llenaban de esperanza. Con esa imagen se quedó dormido. No supo cuánto tiempo pasó, hasta que el Gordo lo despertó. Habían llegado.

La camioneta penetró en un túnel. Se escuchaban voces; se abrió la puerta de la camioneta y entró un sujeto que vestía de color beige; en su camisola traía insignias y la leyenda: “Penitenciaria del Distrito Federal”. Preguntó los nombres y el delito por el que iba cada uno. Traspusieron la aduana.

El custodio de la peni salió y cerró la puerta. La camioneta volvió a moverse. Después de un rato entró el custodio que los esposó, les quitó los artefactos y les indicó bajaran del vehículo. Entumecidos, saltaron uno tras de otro. Rugidor sintió un codo incrustarse en su cara. “Pa que vuelvas aullar. Paga con dientes”, dijo el custodio.

Quedaron a cargo de otros custodios. Uno de ellos, con voz ronca, les indicó que estaban en la peni del D.F. y que sabían la causa por la que fueron trasladados. “Blancas palomitas: bienvenidos al reino de los inocentes”.

A Rugidor lo separaron de sus compañeros y lo enviaron a un sitio que, según ellos, era “de tratamiento”.

–Te va a doler, pero te va a gustar…

Traspusieron más puertas. En los pasillos retumbaba el entrechocar de los cerrojos metálicos. Rugidor flotaba tranquilo y en paz. El codazo en el rostro lo anestesió. La sangre sabía a óxido. Entraron a un dormitorio donde fue recibido por quien dijo llamarse Roberto el Mayor. Su mirada fría; ademanes afeminados.

Todos guardaban silencio… “Él se encargará de que tu estancia sea un infierno a flor de tierra, o si te gusta: serás Primera Dama. Nomás no vuelvas aullar. Vas a morder calcetín al rato, se despidió el custodio.