Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 2 de junio, 2019.- Eran las cuatro de la madrugada cuando Rugidor advirtió presencias que asomaban, agazapadas, cautelosas, por los barrotes de la celda.

Su corazón palpitó tan rápido que creyó saldría del pecho; la respiración se le hizo más agitada; el sudor empapó su cuerpo. Calosfrío cuando abrieron el candado de su puerta. Saltó de su camastro de cemento, donde noche a noche su espalda gemía de dolor y sus insomnios eran frecuentes.

En la oscuridad de su celda concentró su fuerza ante un posible ataque. Escuchó:

–Prende la luz. Muévete: ¡prende la luz o te agarro a chingadazos! Y no quieras pasarte de vivo o sales con las patas por delante….

Eran cuatro custodios que pronunciaron su nombre, uno de ellos se acercó, ordenándole que recogiera lo indispensable, pues sería trasladado a otro penal.

Otro custodio, con mirada de fastidio, exclamó:

—¡Con una chingada, ¿no estás oyendo que te apures?! —y cogiendo las cobijas se las aventó al rostro.

Rugidor no podía moverse, su corazón no dejaba de agitarse y su sangre fluía tan rápida que la vista se le nublaba, su respiración era más difícil; un dolor de estómago se le acentuó, como si hubiera recibido un golpe. La gastritis lo traicionaba.

Reaccionó hasta que su compañero y amigo, Aarón, le apretó la mano diciéndole que no tuviera pendiente, que él avisaría a la familia Rugidor de su traslado y guiñándole un ojo le deseó buena suerte: “No creo que haya peor que aquí, en el Bordo”.

Rugidor le abrazó; sentía que lo dicho por Aarón lo protegía. Su corazón empezó a tranquilizarse y su respiración se normalizó. El dolor de estómago desapareció. Tomó algunas pertenencias y salió acompañado por los cuatro custodios y la mirada de Aarón.

Rugidor cruzó por las celdas de otros compañeros que le miraban con preocupación, burla o con indiferencia la mayoría; algunos preguntaban a dónde lo llevaban; otros, como su amigo Aarón, le deseaban buena suerte. Caminó por los corredores que conducen a la salida de los dormitorios.

Volvió la cara, su mirada, a lo que había sido su hogar, “el cantón” donde su cuerpo reposó, se protegió del frío y cubrió de la lluvia; donde conoció la amistad, la envidia, la ira y un sinnúmero de sentimientos que el hombre va cargando en su larga existencia.

Recordó su celda, donde había colocado un Cristo hecho de paja, al cual evocaba pidiéndole fortaleza y con sus oraciones le rogaba por sus seres amados: su madre, sus hermanos. Cruzó la puerta acompañado por los cuatro custodios que lo habían sacado de su celda; por el camino encontró al Men, que estaba comisionado en las oficinas y barría; levantó la escoba y le guiñó un ojo. Con un movimiento le dijo adiós, y por lo bajo: “Me saludas a Nuncavuelvas”.

Entregaron a Rugidor a otros custodios; lo condujeron por un pasillo. Otra puerta. La traspusieron y caminaron, ya en el patio, hasta la camioneta blindada. La abordó con tres compañeros más; el custodio que portaba chaleco antibalas, metralleta, pasamontañas y uniforme negro los esposó a las patas de los asientos.

—Muy quietecitos: al primero que empiece a hacer desmadre lo agarro a coscorrones —amenazaba con un tolete, negro también–. O si quieren pedradas estas perforan elefantes, ratas sarnosas.

El custodio salió, cerró tras de sí la puerta; tenía escotilla por donde el custodio podía observarlos. Los compañeros de traslado comenzaron a preguntarse unos a otros a dónde los llevarían. Al final, ni les importaba. Su vida no mejoraría.

–Ya se enterará la familia dónde llevar los frijoles.