Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 27 de septiembre, 2019.- Para nosotros, las vacaciones escolares tenían una ventaja: podíamos levantarnos más tarde que de costumbre, realizar labores hogareñas asignadas a cada uno de los hermanos que somos y a eso del mediodía: listos, a la vagancia. Entre los quehaceres: había que levantarse, tender las camas, barrer, preparar el desayuno, lavar los trastos, a media mañana ir a la tortillería y soportar la  cola, porque como toda la escuinclada estábamos libres de la cárcel escolar y de sus obligaciones, la tortillería tenía su discreto encanto: un tarro lleno de sal para prepararnos tacos y matar el hambre mientras nos llegaba el turno, o un molcajete rebosante de salsa verde o de chile guajillo con jitomate asado y cacahuates.

Doña Lucha, que así se llamaba la doña dueña de la tortillería, repartía tacos y cariñitos para que no se le desesperara la clientela, en su mayoría integrada por los escolares vacacionistas, quienes no siempre estaban en paz y llegaban a armar tremendas peloteras, ya fuera porque alguien se quiso pasar de vivo yendo hasta delante de la cola, ya porque le arrebataron el dinero a alguno de los más mensitos. Llegaba la madre hecha una furia a reclamar y lo que podía ser tan sólo un pleito de chamacos, terminaba en desgreñe de señoras que enseñaban hasta lo que no, prendidas una de la otra de las greñas.

Todo para que al rato los causantes de la gresca anduvieran de amiguitos nuevamente, jugando a las canicas o al burro castigado, dieciséis o entamalado o yéndose de pinta, como tantos otros, a las orillas del aeropuerto de la ciudad de México y nadar las horas en la zanja que todos conocían como El chocolatito, por las lodozas aguas que contenía.

Así como en la cola de las tortillas podían armarse enemistades, también florecían relaciones: adolescentes a los que de buenas a primeras les entraba la vergüenza y no querían ir a la tortillería porque ya se sentían —acusaban las madres— labregones, al rato veían en esa ocupación la oportunidad para ver a la chavita que le arrancaba suspiros y provocaba desvelos. Doña Lucha era aguantadora y no pocas personas de alcahueta no la bajaban:

—Ya qué horas que mi muchacha debería estar en la casa, Luchita, y nada que llega, ¿pus qué  tanto hace que se fue con las tortillas?

—No hace mucho, Goyita, no hace mucho… Por ahí deben haberse cruzado usted y ella en el camino…

—Ni que deatiro estuviera ciega, oiga… Van para tres horas que salió y no regresa la condenada. Me dijeron que la habían visto platicando con uno de esos vagos hijos de La Galleta, y con las malas mañas que tiene la madre, qué no sabrán los hijos…

—Más que nosotras cuando teníamos su edad y en el rancho, Goyita. Eso que ni qué. ¿Gusta un taco de salsa pa’l camino? El calorón está que marea.

—Gracias Luchita pero ya me voy, no sea que sea otra a la que mareen en el camino… Ai nos vemos y cuando la vea que se entretiene más de lo debido le encargo que me la arríe, por favorcito, ¿sí?

Los que todavía nos entreteníamos jugando canicas para acortar la espera, nos guiñábamos un ojo y decíamos:

—¿Y qué cres que estén jugando el Araña y la hija de Goyita?

—Saaabe… Yo cuando venía la vi que estaba con él en el cuartito que está por allá por Las Maravillas, el que está medio cayéndose de viejo…

—Yo también la vi la otra vez y estaba que hasta el sudor le escurría de las trenzas, bien sofocada: el Araña la tenía como mosca, apergollada del pescuezo, y los dos resollaban que… ¡ayjos del maiz!

—Se me hace que eres pura lengua… Si el Araña te clacha, me canso que te deja el coco atestado de chipotes…

—Si me alcanza, ñerito: ni que no supiera correr…

—¿A qué jugamos?

—Pus como le dice el Araña a ella: ¿al cocolito… o al hoyito. Aunque el hoyito es más difícil, ¿no?