Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 12 de septiembre, 2019.- Uno lo mira y es como un espejo: en su cara, una palidez de muerto de hambre; en el estómago, los gruñidos de un hambre no saciada. Arrastra los pies por los andenes del metro, burla la vigilancia para ahorrarse un boleto y se cuela entre la multitud.

Lee en el diario deportivo o en la historieta ajena y se gana miradas rencorosas.   Viene del municipio de Chalco, Chalco de Solidaridad, ja. En dos horas y media ya cruzó la ciudad y está entre la multitud que aguarda en las inmediaciones de la Terminal de Autobuses Poniente la llegada de los contratistas.

Por el oriente, el sol apenas clarea. Hay que llegar temprano, quien quita y caiga un empleo, cualquiera pero que a cambio dé unas monedas porque ya no soporta las quejumbres de su mujer:  

-Los chiquillos necesitan zapatos, en la escuela les exigen uniforme y útiles escolares; vinieron de la mueblería y se llevaron el colchón, porque no hemos pagado tres meses de abono…  

 -Diles que mañana vengan; diles que mañana…  

Pero el mañana no llega. Y no es que se haga tarugo, qué va. La búsqueda de un empleo es de diario. Pero no hay. De su oficio, tallador de madera, nadie parece necesitar un servicio. Nadie quiere gastar en caoba, cedro, ébano. Nadie quiere ornatos, apenas sobrevivencia.  

Está dispuesto a elaborar cualquier trabajo de carpintería, ya no el especializado que domina desde la primera juventud, porque al oficio le entró desde pequeño y porque tuvo sus buenas entradas fue que decidió casarse y establecer su casa en aquel llano árido, salitroso y sin embargo poblado por miles de personas en unos cuantos meses.  

Nunca tuvo a bien ahorrar, para qué si con las constantes alzas de precios, más valía invertir en materiales para la construcción de su casita. Como miles de mexicanos, creyó en el proyecto de inserción del país en el primer mundo, vía el TLC. Como millones de mexicanos, se desencantó…  

Cierto que desde la pobreza la situación nunca fue óptima, pero tampoco esperaba que fuese tan cruel, mucho menos ahora que tenía tres hijos en la escuela primaria, “todos comiendo y vistiendo”, como respondía cuando le preguntaban por ellos.  

-Se acabó la chamba -dijo un día el maestro carpintero con quien laboraba desde siempre.- Se acabó y tal parece que no hay para cuando mejore la situación.   Eso dijo el hombre desde la Navidad, pero  él sigue siendo la viva imagen de miles de mexicanos que no tienen para cuando trabajar, que acuden a las centrales de autobuses a la espera de un contratista al cual pegársele, aunque sea a cambio del sueldo mínimo, aunque sea sin seguro social, sin prestaciones de ningún tipo…  

-¿Y de carpintería no tendrá aunque sea remiendos, maistro?   Negativa es la respuesta. Y las tripas continúan su letanía de gruñidos. Y la esposa seguramente espera que ahora sí llegue él aunque sea con unos centavos. Pero no. Uno lo mira y es como un espejo, el de cientos que se apiñan alrededor del contratista y ofrecen su mano de obra para que sea ocupada “en lo que sea, aunque sea de lo que sea”.