Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 2 de octubre, 2019.- “En las noches no podía dormir después de haber visto cómo una persona que estaba a mi lado recibió un disparo en la cabeza y otra que fue rematada cuando intentaba reincorporarse. Estábamos en la Plaza de las Tres Culturas, frente al edificio Chihuahua de Tlatelolco, afirmó Rodolfo Avellanada brigadista del consejo estudiantil en 1968.

Tenía entonces 16 años, pero lo que vivió aquel  2 de octubre cambió su vida para siempre. Está lleno de recuerdos dolorosos. “Ese día estaba repartiendo volantes cerca de la Plaza, por la tarde vi que llegaban personas de traje y vestidos de civil. Su cabello era muy corto, pero no le di importancia”.

Tenía aproximadamente un año que había dejado el pueblo de San Lucas, Michoacán. Un tío le consiguió una beca para estudiar en la Ciudad de México. Entró a la vocacional 8 y meses después ingresó al Centro Nacional de Estudios Democráticos. “Salíamos a las pintas en grupo de cinco, uno de nosotros echaba aguas”.

Recuerda las luces de bengala, el batallón de soldados y los disparos del tercer piso del edificio Chihuahua, después, una balacera durante aproximadamente una hora. “Algunos estudiantes respondían con piedras ante las balas. La gente corría, pero desde todos los accesos comenzaron a llegar más soldados,  mientras que los tanques entraban por la iglesia.

 “Lo que me impactó más fue que al lado mío había una persona que le dispararon en la cabeza. No sé qué calibre utilizaron pero le destrozaron la cara. Me quedé paralizado ante el impacto, luego me recuperé y vi cómo le dieron a otra persona, se levantó y le volvieron a dar.

“Era una marea de gente, todos corrían unos para el estacionamiento, y yo corrí al edificio Tamaulipas, ahí conocía al doctor Jiménez, me metí a su casa, era amigo de su hija Teresa, primero entré a la farmacia, y en el baño observé parte de lo que estaba pasando, Escuché el motor  de la bombas, con las que estaban lavando la plaza después de la masacre.

“Entraron camiones de basura  y camionetas. Había muchos cadáveres. Después el doctor me dejó en la entrada del cine Briseño, ahí me senté y no sabía qué hacer. Luego comencé a caminar, Vivía en la colonia  Guerrero, pero estaba como perdido, después reaccioné.

“Tras varios días, quisimos regresar a la escuela pero estaban rodeadas de soldados. Ya había aprendido serigrafía,  así que continuaba produciendo y repartiendo volantes. En una ocasión cuando fuimos a repartir propaganda a la refinería de Azcapotzalco, un compañero intentó entregar un volante a un militar, quien lo rechazó. Siguió caminando y luego le dispararon en la espalda.  A mí solo una vez  me detuvieron por andar repartiendo propaganda, junto con otros cuatro compañeros. Nos tuvieron 72 horas de pie y luego nos soltaron”.

Tras la masacre del 68, Rodolfo continuó como brigadista y fue parte del comité de lucha en la Vocacional 8. Cuando trató de reinscribirse el ciclo siguiente no lo admitieron, por lo que decidió regresar a Michoacán. Actualmente trabaja en la Secretaría de Educación del estado. Ahora solo marcha los días  2 de octubre y  10 de junio, el día del halconazo. “Mientras pueda caminar lo seguiré haciendo”, dijo.

Rodolfo lleva consigo un morral con revistas y fotografía de la noche de la masacre, para confirmar que esa pesadilla fue real y no solo un sueño malviajado.