Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 18 de junio, 2019.-Recuerdo bien cuando llegaron dos personas a la casa buscando a mi padre, El Matador; se encontraba convaleciente, ya casi recuperado, después de haber caído cerca del lavadero. Al inicio el médico creía que el dolor insistente se debía a un golpe, pero no fue así, era su hígado el que estaba dañado.

Uno de los que preguntaban por mi padre era Miguel Arias, El Carigallo,  fundador del grupo de Alcohólicos Anónimos (AA) en Iztapalapa, quien se caracterizaba por llevar el mensaje a quienes padecían la enfermedad del alcoholismo. Esa ocasión Miguel,  a quien mi familia conoció como El Sastre,  entró a la casa, mi padre estaba destazando un puerco en el patio trasero.

–¿No gusta un vaso de cerveza?, preguntó El Matador.

–No, respondió Miguel, precisamente venimos a hablar de eso.

Después de conversar un largo rato sobre todo lo que implica el alcoholismo, El Matador aceptó ir a una junta informativa. Fue la primera vez que mi padre tuvo un acercamiento con el grupo AA.  Intentó dejar la bebida pero recayó dos o tres veces. Pero sin duda, la capacidad de persuasión de Miguel Arias tuvo impacto en él, porque finalmente dejó de beber.

Se dice fácil, pero sin duda lo que comenzó como un mensaje terapéutico salvó, al igual que a mi padre, a cientos de personas, tan solo en lo que  fue la delegación Iztapalapa, ahora municipio, donde en la actualidad hay más de 300 grupos.

La llegada de Arias a Iztapalapa

Fue hace aproximadamente medio siglo cuando Miguel Arias abandonó la colonia Balbuena, donde tuvo su primera experiencia en AA. Luego de controlar la bebida, decidió fundar un grupo en la calle Allende esquina con Lerdo, atrás del mercado, en el centro de Iztapalapa; allí tenía su sastrería, pero por las noches era el propio mueble de la máquina de coser el que  servía de tribuna para los alcohólicos anónimos que allí se reunían. Con los años los integrantes del grupo compraron el terreno y construyeron un salón de sesiones en forma.

Mi padre logró dejar de beber, finalmente logró mantenerse sobrio durante más de 40 años. El Matador murió hace poco tiempo a los 87 años, pero si no hubiera dejado de tomar hubiera fallecido desde  hace varias décadas.

Miguel Arias no solo invitó a mi padre a que se integrara al grupo de Alcohólicos Anónimos (AA) sino que lo acompañó y lo respaldó  en momentos de crisis por la abstinencia.

Hay quienes no entienden lo que es vivir con una persona enferma de alcoholismo, pero este tipo de gente no solo se destruye asimismo sino también a su familia y personas que la rodean. Sobra decir que  viven en una permanente crisis de salud, económica, moral y existencial.

Solo vi a Miguel Arias algunas veces, pero sé por mis hermanos y primos, que también ingresaron al grupo de AA que era estimado por todos, reconocido y admirado por todos los mensaje que hizo llegar a cientos de personas que habían tocado fondo en esa pesadilla cuando alguien deja de controlar su manera de beber.

Son  muchas las personas las que tuvieron un gran aprecio a Miguel porque les salvó la vida al igual que a muchos otros. Es cierto que fueron más lo que no quisieron escuchar el mensaje, pero así es la realidad, aunque los internen en una granja, la mayoría no puede dejar de beber, por diferentes motivos.

Durante cinco décadas, Miguel Arias mantuvo el liderazgo en el grupo Iztapalapa; participó en encuentros nacionales  e internacionales de grupos de AA. Pero sobre todo lo caracterizó su calidad humana. Este lunes falleció a los 82 años de edad, y todos sus compañeros lo recuerdan porque logró salvar  a muchas personas que tuvieron la oportunidad de renacer y darle un nuevo sentido a la vida sin necesidad de ningún paraíso artificial.

Le sobrevive su esposa Anita, quien lo apoyó en todo momento  para atender, en su propio domicilio, a personas  en crisis de alcoholismo que requería  de ayuda inmediata. También su hijo Martín está de luto. Descanse en paz.