Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 27 de marzo, 2019.- Isauro, su padre, murió cuando ella cumplió los 25 años. Volvió al trabajo cuando concluyó el novenario, y aún triste y desganada pretendió ingresar a la casa de Imelda, su patrona. Erasto la topó a medio jardín. No entres, te va a ofender: de indios güevones no nos baja. Imelda abrió la puerta y los encaró: se me van los dos así, pero así de rapidito; los holgazanes no caben en esta casa.

Ni las gracias dió. ¿Y a ti por qué, si la que faltó fui yo?, quiso indagar Gris. Erasto nomás dijo: cuando faltaste ella como que entró en brama, y que Erasto p’allá, que Erasto p’acá; m’hice el desentendido, me lo tomó a mal y ya ni de comer me daban. Figúrate que el licenciado se da cuenta, hasta de robo me acusan…

Esa tarde se fueron a pasear a la Alameda; ella le propuso hablar con su madre para que los dejara vivir juntos, y así lo hicieron. Teodosia no opuso reparos. Incluso, les dijo que construyeran un cuartito uno al fondo del terreno, donde alguna vez estuvo la huerta. “Sirve que le echan un ojito a mi prole y a mí, que ya me siento cansada”. Erasto agradeció el gesto y siempre tuvo en alta estima a su suegra, cuñadas y cuñados, que lo hicieron sentir de la familia de inmediato.

Gracias al trato de buena gente que tuvo con las sirvientas de la Álamos, no faltó quien le dijera a Gris de un empleo por el rumbo de la Anzures. Cocinera. No tenía experiencia pero sí el toque mágico del sazón. Como tiempo le sobraba, fue recamarera en una casa de huéspedes en la colonia Juárez, y cerró su día atendiendo a doña  Servanda en su casa de Río Amazonas.

Erasto, que en su bicicleta cargaba tijeras de jardinería y podadora, trabajaba por los alrededores de la Anzures. Doña Servanda le permitió guardar la bicicleta y sus herramientas, para que con Gris retornaran juntos a Tláhuac, compartiendo calor y arrempujones en el metro y en los camiones. Pero un mal día, al cruzar Mariano Escobedo (frente al deportivo Chapultepec), un camión refresquero arrolló a Erasto. Vivió de milagro, aunque una cojera le impide tripular su bici, y ya sólo chambea cerca de la casa de doña Servanda.

“Bendita señora, muy noble ella, generosa; no como otras, de las muchas que he tenido. Poco a poco se meten y además de hacer las recámaras quieren, de favorcito, les prepares de comer, planches los uniformes de la escuela; y cuando no te da tiempo, enmuinan, te echan y pagan hasta que les da la gana, o nunca”.

Los años han pasado sobre Erasto y Griselda. Ambos con achaques, ella con sobrepeso que le tortura los pies, han encontrado también solidaridades, lealtades y hasta apoyo para algunos de sus gastos médicos.

Pero la pierna de Erasto va de mal en peor. Los médicos amenazan fijarle la rodilla o de plano amputar, “pus dicen que los empaques ya se desgastaron y ora topa hueso con hueso, y viera como duele”. A Griselda las piernas se le hinchan, siente que las varices son de fuego y ya no rinde igual que antaño en el trabajo.

La familia de Griselda les pide trabajen más cerca de casa: “Como si fuera tan fácil”, se quejan ellos; “además, en este tiempo los sueldos son de risa, el pago por docena de ropa planchada te lo regatean a más no poder, y todavía quieren fiado. Luego te corren, y al final a la que ocupan le hacen lo mismo, porque, ¿viera qué de gente anda tras de una chambita? Malbaratan su trabajo, se quejan porque ni pa’ los pasajes sacan. No, si le digo que en esto de la servidumbre está una: mal pagada, malcomida, malcogida. Por eso me alegra de no haber tenido hijos: siervos, sirvientes”. uot;