Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Dizque me llaman trabajadora doméstica. La verdad y porque una trabaja en la servidumbre, lo correcto es sirvienta. ¡No paramos con el quehacer: desde que Dios amanece, hasta que Dios anochece! Son las 11, 12 de la noche y una sigue duro y dale: ¡soy la última en acostarme y la primera en levantarme!

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Nezahualcóyotl, 26 de marzo, 2019.- Allá viene, a la corre y corre, rumbo a una de sus tres chambas. Entrona que es, Griselda inicia con doña Chepa, la maestra; luego, va con la señito Macrina, gruñona vendedora de productos milagro; por fin, con doña Servanda, jubilada que le atora con fe al chisme cachetón frente a un rico café exprés salpimentado con buenas o malas nuevas del vecindario.

Griselda se considera madre de más de cuatro (sus hermanos: ocho). Casi le pega a los 60 años de edad, y desde siempre ha sido sirvienta, gatígrafa, micifuza, maría, secretaria doméstica, criada, chacha u otros sinónimos que socialmente aplican a su labor, a cual más sobajador, desdeñoso, burlón, discriminatorio…

A Griselda le vale como le llamen. Con el trabajo basta. Avecindada en Tláhuac desde que tiene uso de razón, apenas si cursó la primaria; ante la avalancha de hermanos que Teodosia, su madre, tuvo a bien parir, abandonó la escuela y atendió a los hermanos y hermanas, hasta que Isauro, su padre -albañil de oficio- llegó una noche y le dijo: a trabajar en una casa, “de entrada por salida”.

¿Y de qué voy a trabajar yo, apá, si ni sé hacer nada?, repeló. Barriendo, dijo Isauro: trapeando, tendiendo las camas, arreglando las plantas del jardín de la señito, preparando la comida, lavando y secando ropa, trastes; planchando… No es gran ciencia, ni hay que intelegirle mucho, y te pagarán; eres acomedida y si te granjeas a la patrona, pue’que hasta te dé un poquito más- concluyó su padre.

Ya tendría yo unos 11 años de edad cuando, de mano de mi apá llegué a la colonia Álamos, imagínese: ¡cerca del centro de la ciudad, de la capital! Imelda sería su patrona: déspota comerciante en joyería de fantasía, esposa del Licenciado (Gris nunca supo su nombre), ya septuagenario y con Mal de San Vito. Sin hijos, pero con media docena de perros pekineses, falderillos y malhumorados a más no poder.

Griselda descubrió otro mundo: el de las prisas: para transportarse y llegar al trabajo; para almorzar, comer y cenar; para hacer los quehaceres hogareños; para estudiar y divertirse y… Hasta los bebes, los niños, los adolescentes  parecían crecer a toda velocidad.

Trabajar y tener un sueldo para colaborar en los gastos de la casa, en apoyo a su padre, y disponer del domingo para descansar, la conformaron; no obstante, la embargaba la pena al ver Teodosia no se daba abasto para atender a la pipiolera, sus hermanos; tras sus horas de labor, se acomedía para concluir las tareas de su madre y arrear a los chiquillos para hacer las tareas escolares e incluso dar la cena a Isauro.

Al contrario de sus hermanas, no le cabía en la cabeza la idea de tener novio, mucho menos marido, y ni por asomo se le ocurrió que podía ser madre: “¿Para qué? Si algo sobra en el mundo son chamacos, y bastante tengo con los ajenos”.

Pero un día conoció a Erasto. Cada mes podaba las bugambilias en casa de Imelda. Le servía la comida al concluir la poda; así se conocieron, trataron, enamoraron y dieron su bracito a torcer sin preocupaciones: Gris no podría embarazarse, pues cuando pequeña le extirparon unos quistes y el médico pronóstico esterilidad.