Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Rosa, la señora de las quesadillas que cada fin de semana —desde el viernes— saca su anafre, masa de maíz, guisados varios y refrescos, está que se la carga Pifas. Porque resulta el mayor de los hijos se casó y los gastos debieron salir de las memelas, sopes, quesadillas de flor de calabaza, queso, papa y chicharrón prensado; tostadas de pata envinagrada de res y, en ocasiones, hasta de la venta de café negro con su piquetito de alcohol de 96º…

De ahí salió para la boda de David y Perla, la muchacha que se propuso ligarse al prospecto de médico, al estudiante de la colonia, al que se le veía un futuro menos peor que al resto de los muchachos del vecindario. Rosa y Pancho se habían hecho bastantes ilusiones con David y su carrera. Se propusieron construir dos piezas más en la parte superior de su vivienda, para que el muchacho tuviese privacidad y pudiera concentrarse en sus estudios.

Cuando se titulara, ahí pondría su consultorio y entonces la casa de Rosa y Pancho ya no sería conocida como “la de la señora de las quesadillas”, sino como “la del doctor.”

Pero resulta que a David le entró tanto el empeño por el estudio, que se dedicó -primero discretamente y después en cuerpo y alma- a la anatomía femenina, sobre todo la de Perla, aquella muchachita que llegó en plan de ayudante de Rosa sin imaginar que los escarceos amorosos y luego las plenas relaciones con David, la convertirían en nuera de la señora de las quesadillas.

Rosa intuía lo que los muchachos se traían entre manos, pero confiaba en que los estudios del muchacho le ayudarían a no comprometerse con su ayudante de cocina. Vana ilusión: desde la primera vez, David prescindió de los preservativos y la muchacha ni idea tenía de las píldoras anticonceptivas. Resultado: Perla embarazada por el pasante de medicina que decide hablar con sus padres y confesar:

-Perla y yo nos queremos casar, o mejor dicho: nos tenemos que casar…

A Rosa casi le da el soponcio. Pancho tuvo que correr a la cocina por unas rebanadas de cebolla para dárselas a oler a la quesadillera, pálida y al borde del desmayo gracias a las que consideraba malas nuevas para ella y su primogénito… “Siquiera deberías terminar la carrera”, balbuceó Pancho. “Ni cama propia tienes, cuantimenos dónde meter a la descocada esa”, alegó Rosa y se le vinieron a la memoria los sacrificios realizados para que el cabeza hueca de David estudiara. Si en la primaria se sintieron apretados por los gastos que el estudio ocasiona, peor fue cuando el muchacho salió de la secundaria e ingresó a la prepa y luego a la universidad.

Ahora David intenta convencer a los posibles compradores para que adquieran una enciclopedia en abonos. Toca de puerta en puerta          e intenta chantajear con su bata blanca:

-Vendo libros para sostener mis estudios, señito. Anímese…

Perla continúa ayudándole a Rosa en la venta nocturna, y en sus ratos libres borda los pañales del bebé que está por nacer. Pancho desatiende al televisor cuando llega David, cansado, sobando el hombro de donde cuelga la mochila con libros y folletería. Pancho menea la cabeza y vuelve a encerrarse en el resumen deportivo del noticiario…