Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 14 de enero, 2019.- Cuando bajé al andén de la estación el calor era sofocante. El contraste entre la lluvia, dueña al exterior durante toda la tarde de las calles, recrudecía mientras la suela de mis zapatos descendía por los siempre relucientes peldaños de la escalera de mármol al interior del subterráneo. A la par del gradiente térmico, el creciente y viciado aroma nacido de entre centenares de sudorosos cuerpos apretujados, unos contra otros sobre el andén, viajaba escaleras arriba hasta incrustarse en los resquicios más sensibles de mi nariz.

A mitad del andén, entre la multitud atenta, una decena de policías formaba un semi-círculo alrededor de mi abuelo, todavía ataviado con el overol de trabajo naranja. La mirada serena, clavada en las botas de casquillo descarapeladas que la empresa le proveía  cada año, evocaba en mí añejas tardes que invirtió en nosotros, sus nietos, como paciente y sereno vigilante mientras jugábamos en el patio de su casa.

Descendí tras el agente que había aguardado por mí fuera de la estación del subterráneo. A nuestro paso, la masa se abrió en angosta y hambrienta pasarela por algunos segundos, como el agua que escurre sobre un páramo después de años de sequía y se pierde entre los poros sedientos del suelo que se cierra nuevamente. Las miradas atentas, curiosas, sobre nuestras nucas.

–¡Abuelo! –saludé casi en murmullo. Pero la mirada permaneció sobre las botas viejas.

Un par de agentes se paseaban sobre la orilla del andén, supervisando que cada vagón del subterráneo estuviese vacío. Tras intercambiar un par de palabras con el conductor de convoy, éste caminó hasta la cabina de mando. El enorme armatoste bramó tras el reinicio de la maquinaria y el sonido sumergió en un letargo más profundo a los usuarios que miraban silenciosos cada cuadro de la escena. Metro a metro el convoy se movió en reversa mostrando los durmientes de las vías. El aroma a caucho quemado, producto del intempestivo frenado del vehículo minutos antes, se reincorporó a la escena, mezclándose entre los rostros sudorosos y compungidos.

El penoso chillido que brotó de aquellos que permanecían a la orilla, junto a las vías, se posó sobre cada cuerpo reunido al interior de la estación del tren cuando el vehículo avanzó lo suficiente para mostrar el cuerpo inerte, cercenado en más de seis partes, que permanecía sobre la vía. 

Tras la muerte de mi abuela, el abuelo decidió reincorporarse a la vida laboral para evitar ser una carga. Frase que brotaba de su gaznate cada que alguno de sus nietos le visitaba con el fin de entregarle algunas monedas que hicieran su vejez más llevadera. Sin embargo, siempre se negó. Optó por pasearse por los estacionamientos de centros comerciales y ofrecer sus servicios como lavacoches; también embolsó artículos a cambio de algunas monedas en el supermercado y, después de pedirnos un par de cartas de recomendación, le aceptaron en los cuerpos de limpieza encargados del mantenimiento del tren subterráneo.

A diario, después del trabajo, le encontraba enfocado en la tarea de arrastrar una enorme escoba por cada metro de la instalación, o tallando una estopa con aguarrás sobre las paredes intentando borrar un grafiti adolescente, incluso arrodillado, embebido en la férrea tarea de desprender chicles adheridos a la baldosa. Evitaba saludarlo, a pesar de que en más de una ocasión ambos nos miramos, deseando evitar incomodarle en su labor.

–Todo va a estar bien, abuelo –le dije poco convencido, mientras poco a poco los policías intentaban desalojar la estación que se nutría de curiosos asomados hacía las vías esperando ver el cuerpo tendido. Un par de agentes bajaron a la vía y cubrieron el cuerpo con una manta.

–Le dije que levantará su chicle –escuché su avejentada pero aún sólida voz erigirse.

–¿Qué dice, abuelo? –pregunté.

–Le dije que levantara su chicle, pero no me hizo caso –y de nuevo se sumergió en el sereno silencio que adorno su sosegada mirada.

No pregunté más. Tan sólo aguardé junto a él hasta que la estación estuvo casi vacía. Cuando este momento llegó, asomé por entre los policías que aún vigilaban a mi abuelo para observar la manta que lentamente ennegrecía teñida por la sangre del cuerpo triturado bajo las ruedas del tren.

Mientras le miraba, recordé la voz orgullosa del viejo cuando en las pocas reuniones familiares defendía su interminable labor para mantener limpia la estación que le habían asignado.  Rabiaba al  evocar la actitud mal sana de todos aquellos que botaban basura sobre los relucientes pisos a su cargo. “Si de mí dependiera –decía–, los fusilaría a todos”.

Cuando los policías le escoltaron escaleras arriba hasta la patrulla que lo llevaría a la agencia, caminó sereno, como todo aquel que marcha hacía algún conocido destinó portando sobre sus hombros la certeza de haber cumplido con su trabajo. Después de mi abuelo, el tren subterráneo no volvió a estar tan limpio.

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