Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 7 de mayo, 2020.- Nuestra supervivencia y la de las demás especies depende de una selección que se da a través de una feroz competencia para asegurar que sean los más aptos los que sobrevivan, en la contienda se irán eliminando los menos habilitados y al final la lucha se dará entre los más capaces o mejor adaptados. Como ocurre en cualquier competencia, en los torneos de fútbol o de tenis en los hay ganadores y perdedores, algunos sobreviven y otros quedan fuera de los torneos.

Sin embargo, entre los seres vivos los ejemplos de altruismo parecen contradecir la existencia de la lucha permanente por la supervivencia; o bien los altruistas no tienen futuro porque su generosidad representa una desventaja competitiva, o el altruismo representa una ventaja evolutiva.

Casi todos hemos sido testigos de casos de generosidad en los que se llega incluso a arriesgar la vida por alguien más, no sólo por un ser querido sino por una persona desconocida. ¿Por qué estar dispuesto a sacrificarse por otra persona? Cuando se trata de preservar la vida de una persona muy querida, un familiar, se justifica porque con ello se asegura la continuidad de los genes propios (lo que se conoce como regla de Hamilton), sin embargo, abundan los casos en los que se salva a un completo desconocido, e incluso se da la vida por un animal. Ciertamente esta solidaridad, esta disposición para sacrificar algo de lo propio en favor de otros, es y ha sido socialmente valorada y no se trata de una actitud poco frecuente, por tanto, en el fondo debe jugar un papel importante y fundamental para la supervivencia, no sólo de la especie, y de la vida en general.

Pero también es cierto que hay quienes matan por egoísmo, para ganar algo banal, u ofenden por el placer de sentirse superiores y hacer evidente la inferioridad de otra persona, o sencillamente para probar que su religión o ideología es la correcta. Existen incluso quienes prefieren hundir el barco con ellos a bordo con tal de matar al adversario que ahí se encuentra.

La tensión entre la cooperación y el egoísmo se ilustra muy bien en el dilema del prisionero, un conocido problema de teoría de juegos. El dilema data de 1950 y plantea la dificultad de tener que decidir entre ser solidario o egoísta, a través de la decisión que enfrenta un acusado que debe optar por culpar a su compañero o permanecer en silencio. El dilema surge porque si el indiciado culpa a su pareja sin ser delatado por ésta, entonces saldrá libre o purgará una sentencia muy corta; si es acusado por su compañero y permanece callado, su condena será larga; en el caso de que ambos se solidaricen y callen las condenas serán menores que si ambos se delatan. Desde una perspectiva individualista e inmediata la mejor decisión parece ser traicionar al compañero, pero si cada acusado se asume como parte de un equipo y toma en consideración que el caso podría repetirse, la mejor decisión resulta ser la solidaridad. Un caso actual de esta tensión es el conflicto entre los derechos individuales y los colectivos. Cada reconocimiento de un derecho colectivo limita al derecho individual; cada individuo que acepta el derecho de los otros en lo individual y en lo colectivo está cediendo o sacrificando necesariamente un derecho propio idealmente ilimitado.

Ciertamente no todo depende de nosotros, hay factores que nos son ajenos, los genéticos, las catástrofes o las pandemias pueden marcar irremediablemente nuestro futuro.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías? Este final del poema Ajedrez, de Borges, parece decir que al final de las causas está el destino o una gran voluntad que nos deja indefensos, pero detrás de cada gran voluntad hay otra que descalifica a la anterior, y la cadena infinita proclama la falsedad de la afirmación.

Al final todo es una mezcla de voluntad, destino y azar. Tenemos que contribuir de la mejor manera posible a nuestra supervivencia. Los mexicanos, como todas las comunidades humanas estamos condenados a esa responsabilidad. Cierto es que pudiera matarnos el coronavirus, pero si no es así, lo único que nos queda es la solidaridad para tener futuro y no es seguro que lo logremos. Pero lo que si es seguro que somos nosotros mismos los que podemos destruirlo.