Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 14 de abril, 2020.- Lencho falleció hace un mes y apenas nos enteramos. Ni siquiera sabemos la causa, solo que había muerto a los 79 años de edad. Siempre estuvo solo, nunca se casó. Vivió en la ciudad de México durante casi la mitad su vida, luego regresó al rancho donde siguió estando solo.

Hace poco más de tres años, le comenté sobre el fallecimiento de mi padre y meses después sobre el deceso de mi tío Chucho. Solo se le escurrieron las lágrimas y me dijo: “Se está yendo la gente”. Hace apenas unas semanas falleció mi tío Agustín, el hermano más chico de mi padre, pero Lencho ya no se enteró porque se fueron casi al mismo tiempo.

Recuerdo que mi padre, el Matador, llegó a comentar que Lencho era un pariente cercano, que pasó su niñez y parte de su juventud en el rancho de su papá, el Tío Chon (que durante años tampoco sabía que era mi tío), tenía su pequeña casa y sus tierras a unos kilómetros de La Teja, que fue propiedad de mi abuelo Aurelio.

Mi padre compraba ganado y periódicamente trasladaba carne o longaniza a la capital del país. Lencho le ayudaba en esas labores. Mi papá nos comentó que la primera vez que lo llevó al entonces Distrito Federal (que no llegaba a los cinco millones de habitantes), el nuevo visitante a la capital del país no cabía de asombro, lo único que conocía era Polotitlán y Aculco, pueblos ubicados a unos 10 kilómetros de su rancho, pero en sentidos opuestos, a casi dos horas de camino a pie.

En los primeros días de su arribo a la ciudad, el Matador lo llevó a los juegos mecánicos en un barrio de Iztapalapa. Lo animó a subirse a la rueda de la fortuna, y cuando bajó, además del tremendo mareo, se dio cuenta que se había mojado los pantalones. Después fueron más frecuentes las visitas al Distrito Federal, iniciaba la década de los 60. Finalmente decidió quedarse a vivir en la gran urbe, porque el rancho a veces no daba ni para comer.

Los primeros meses ¿o años? Trabajó en una granja de pollos cerca del panteón civil, por la parte baja del cerro de La Estrella, donde todavía se cultivaba la tierra.

Primero fue mi abuelita Matilde la que le dio alojamiento a Lorenzo (así se llama Lencho); después mi tío Chucho le consiguió trabajo en intendencia en una empresa refresquera, donde mi tío laboraba como mecánico. Lencho siempre fue callado y poco sociable. No se le conoció ningún amorío, lo más que supimos es que andaba detrás de Chencha, la hija de don Vicente, y era ella la que despachaba en la tienda.

Dicen que una vez  invitó a Chencha  al rancho, pero seguramente fue en tiempo de sequía, porque ella no quiso volver jamás. Es más, se alejó de Lencho. No era muy expresivo, ni siquiera comentó algo respecto. Pero la familia sabe que no cualquiera le entra a los inmensos lomeríos cubiertos de algunos arbustos, y en las partes más frondosas nopales y magueyes.

En tiempo de lluvia las cosas cambiaban, hay cultivos de maíz y frijol, además de pequeños predios de trigo y cebada. No faltaban en las pequeñas huertas familiares algo verduras, pero no siempre, hay temporadas de sequía en las que no se da una sola mazorca, porque el agua de riego solo se distribuía en algunos ranchos.

No se le conoció a ninguna mujer alguna. Para su mala suerte por políticas de la empresa, Lencho perdió su empleo. De ahí que se dedicó al servicio de limpia. No era empleado del Departamento del Distrito Federal pero lo dotaron de tambos, un carrito y  escobas. La pasaba bien. Periódicamente visitaba  a sus hermanos y al tío Chon y a la tía Elpidia, su madre. Primero falleció ella y luego el tío Chon, quien ya rebasaba los 85 años, quien por cierto hasta antes de caer en cama todavía montaba a caballo.

Decía mi mamá que  la tía Elpidia había pasado malas temporadas con el tío Chon, porque había temporadas de sequía. El tío tenía un baúl en donde estaban encerradas las cosas más valiosas, adentro había un bote de manteca de cerdo, que él se la iba proporcionando cuando lo consideraba necesario para que le echara un poco a la olla de frijoles, pero solo era en días especiales. Hubo tiempos malos. Quizá por ello, la mayoría de las mujeres, sobre todo,  una vez que se iban a la ciudad ya nunca regresaban, ni siquiera a ver a sus padres.

En las escasas visitas, Lencho les llevaba ropa a sus hermanos, de la que ya no usaba, porque tal parecía que estaba  obsesionado en gastar su salario en comprar pantalones, camisas y chamarras. Cuando estaba  en el rancho, además de la ropa dejaba dinero para comprar un becerro o una borrega. Pero cada vez que volvía a regresar después de meses, sus hermanos le decían que los animales habían muerto por el estiaje.

Todo iba bien para Lencho, hasta que se registró un homicidio en una casa que estaba en construcción. Habían estado presentes varios trabajadores de limpia. Al enterarse, mi tío Chucho  le dijo que  no quería tener problemas, mejor se fuera para su rancho, porque solo por el hecho de haber estado cerca del lugar de los hechos lo iban a detener.

Regresó al rancho y nunca más ha regresado a la Ciudad de México. Se dedicó a cuidar la propiedad de unas personas que son de la capital. Tenía sus tierras, pero dejó de sembrarlas porque ya se sentía cansado.

Lencho me comentó, hace poco más de un año, que su padre, el tío Encarnación Benítez (Chon) era primo hermano de mi abuelo Aurelio Martínez Benítez, y también primo de su mamá Elpidia Martínez Galván. Finalmente me dijo abiertamente por qué somos  parientes cercanos.

Lencho era mi tío, y tiene razón: ya se está yendo la gente.