Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 10 de marzo, 2019.-Los niños nos miran, madre; primero con envidia, luego con sorpresa. Se asombran, mantienen abiertas las tiernas quijadas al verte montada sobre este juguete, tan común para ellos, tan ajeno a la piel de tus manos manchadas por el tiempo.

Eres sonrisa extraña en este sitio, como flor que resiste al mal tiempo, a las nubes que se niegan y a la falta de agua que acecha este yermo llano en que se ha convertido la vida.

Cual conmovido viajero en desconocida tierra nos contemplan, madre; examinan tu sonrisa, donde faltan los dientes pero sobra el recuerdo y el bálsamo de los helados que en tu lejana juventud comiste, el tequila que degustabas durante las frías fiestas decembrinas o aquellas tazas de café que sorbiste a la espera de mi hoy ausente padre, sentada bajo la sombra de los alegres portales del pueblo donde naciste.

Escuchan tu risa, madre; los dichosos gritos que por décadas guardaste bajo la maraña de arrugas que una mañana se quedaron a vivir sobre tus sienes; pueril carcajada que brota de tus entrañas y rompe el cascarón de la máscara hosca, brava, severa, a veces incluso violenta, que te ayudó a educarnos con la firmeza que todo padre anhela.    

Míralos, madre, ríen; les inquieta tu vestir: tus calcetas saturadas de colores, hartas con dibujos de engreídos payasos que parecen ufanarse, dichosos, al poder acompañarte en tus octogenarias e incomprendidas aventuras. Adoran tu pantalón zancón de mezclilla, tus zapatos blancos, el cinturón con flores y la blusa blanca estampada con la imagen de un caricaturesco personaje que ni siquiera nosotros, tus hijos, conocimos en la televisión, pero es tu predilecta.

Te veo, madre, inquieta y ajena al escarnio popular y no te reconozco. Tú que siempre procuraste que los problemas que agobiaban a tu familia se quedaran en casa, atrapados entre las paredes de concreto. Y hoy, ante el mayor de tus problemas, no te agobias, no te preocupas, no reparas en las risas que a momentos se tornan en burla. Poco te importa, sólo carcajear y juguetear y berrear como la resucitada niña en que te ha convertido esta enfermedad que nos ha borrado de tu memoria.

Te contemplo con la misma temeraria ternura con la que vigilo a mis hijos en el parque más próximo a casa, con idéntico temor al verte saltar entusiasta en este cotidiano juguete para los críos: enorme castillo lleno de aire que por hoy he reservado para que juguemos.

¡Salta, madre, salta! Mientras los desconocidos seres que acuden a esta plaza en nosotros reparan y embroman y se inquietan y nos celan porque por hoy eres la niña que a sus ochenta años goza a pesar de que el “no me acuerdo” se alojó en tu memoria.

¡Salta, madre, salta!