Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 9 de marzo, 2020.- Después de más de medio siglo de haber transitado por esos caminos solitarios, cuyas extensas propiedades señalaban los límites de sus propietarios con cercas de piedra. Uno recuerda que la única escenografía eran nopales y magueyes, y en los pequeños caseríos de teja y adobe un puñado de árboles que distinguía a las áreas habitadas.

Es la tierra que fue de mi abuelo Aurelio. Se dice fácil, pero hace más de 50 años en lo que es ahora el pueblo de Santa Ana solo había dos o tres ranchitos pegados a una pequeña iglesia blanca construida no sé hace cuánto tiempo. Desde que éramos niños mis hermanos y yo, la pequeña parroquia mostraba que sus mejores días habían pasado.

Los tiempos cambiaron, la gente ya no acostumbra ir al pueblo a comprar sus víveres a Polotitlán o Aculco a lomo de bestia, o a pie como algunos acostumbraban a pesar de que la distancia era de más de 12 kilómetros. Casi siempre era los domingos, porque de paso la gente aprovechaba para ir a misa de medio día.

Entre pequeñas mesetas y lomeríos, El Matador recorrió esos caminos desde la década de los 30 del siglo pasado, hasta principios de este nuevo milenio, cuando ya estaba cansado y no perdía el amor a esas tierras que tanto tiempo permanecieron desoladas, casi deshabitadas y con una enorme pobreza.

Los sueños de El Matador eran construir un enorme rancho con ganado y sembradíos de maíz y frijol. Pero son tierras de temporal, semiáridas, que a veces pasan años y no dan ni una sola mazorca. En una ocasión llevó a lo que dejó el abuelo Aurelio todo lo necesario para la siembra de alcachofa. Estaba muy emocionado porque pensaba que iba a lograr un gran negocio. Días antes de la siembra, agarró una parranda que todos los hijuelos de la alcachofa se echaron a perder.

Eran los días cuando El Matador le decía su frase favorita a mi madre:

–¡Ora sí güera, ya mero cruzamos el río!

Alguien seguramente le dio la idea a mi padre, porque él no sabía nada de agricultura. Incluso había mandado a construir un bordo u olla de agua, para contar con agua suficiente. No creo que haya sabido que la alcachofa requería de mucha humedad. En fin, ese tipo de ideas tenía El Matador.

Después de varias décadas, Santa Ana parece un pequeño pueblo. Hay una iglesia nueva, escuela primaria y secundaria, clínica, comercios e incluso cuentan con un amplio auditorio. Los ranchos se multiplicaron, incluso se formó una nueva colonia en las inmediaciones de esta pequeña población donde vivía Agapita, la hermana de mi abuelo.

Aunque sigue habiendo mucha pobreza, los ranchitos producen leche para la fabricación de quesos. En buen a medida la activación económica se dio por la migración de decenas de jóvenes a partir de hace unas tres décadas.

Santa Ana no deja de ser un lugar desolado. En tiempos de estiaje se observa aun triste toda esa región del Estado de México. Hay algunas carreteras pavimentadas y brechas transitables para vehículos, pero La Güera y El Matador se fueron, y nunca lograron cruzar el río en esta zona, donde irónicamente, desde hace años, los únicos dos riachuelos están completamente secos.