Emiliano Pérez Cruz/ Noticias y Debate M3

Santa Fe de la Laguna, Mich., 1 de noviembre, 2019.- La mañana es fresca y debe concluirse el altar dedicado a los muertos. Los angelitos llegan la última noche de octubre: angelitos, los menores de edad que murieron sin pecado en alguno de los pueblos ribereños purépechas vecinos del lago de Pátzcuaro: Tzurumutaro, Ihuatzio, Jarácuaro, Janitzio, Tzintzuntzan…

Un portal decorado anuncia: esperan a un angelito, menor de edad; le llevan a casa el pan de muerto, naranjas, manzanas, guayabas, nísperos y un collar de figuras de azúcar que se vende en el mercado local; el primero de noviembre llevan un arco adornado al panteón.

–Así es aquí, en Santa Fe de la Laguna, y en Tzintzuntzan y los demás poblados varía un poquito: allá se les reza nueve días antes del día de los angelitos y a ellos les llevan el arco al panteón y la comida y ahí se le comparte a toda la gente durante la noche. Llevan música.

Del primero al segundo día la gente vela en el camposanto: se ilumina tupido, muy tupido de veladoras, flores y candelas. En casas y panteones de la región destacan las flores de cempazúchitl, dalias, crisantemos, nubes, margaritas, que adornarán los arcos que los deudos –pacientes, laboriosos, creativos– erigen paso a paso: primero la estructura de madera ligera, para darle forma a un templo pequeño dentro del cual colocarán al centro, sobre una mesa con albo mantel ricamente bordado, la fotografía del finado durante el año en curso. Agregarán floreros, cirios, velas, veladoras (simbolizan la fe y la esperanza e iluminan el camino de quién retorna para convivir con sus seres queridos).

–Tres días antes hacemos las compras. Preparamos el espacio, la comida que gustaban, los frutos, las bebidas; si fumaban, se ponen cigarrillos, y vamos levantando el arco: entrada al sitio destinado para ellos, incluso representados por un maniquí ataviado con las prendas del difunto.

A los padrinos de boda se les hace comida. “Si yo muriera, mis padrinos me traerían mi fruta, mi collar de monos de azúcar; con eso adornan la cruz, y ya en casa los esperan con chocolate, pozole, tamales, atole, lo que le gustaba al difunto, y eso le dan a toda la gente “.

En la iglesia el padre bendice las cruces, y con ellas van al panteón toda la tarde y hasta el otro día, de los muertos adultos. Llevan el arco para el muerto reciente, lo acompaña la cruz con música rumbo al panteón. Cantan pirecuas, hay artistas, concurso de atoles y en la tarde premian las artesanías de quienes participan en la feria, que en Tzintzuntzan da inicio una semana. El aroma de las flores de cempazúchitl –de color amarillo intenso, casi anaranjado– guía a los fieles difuntos, purifica el ambiente. El vaso con agua mitiga su sed y ayuda a soportar el retorno; la sal evita la corrupción de alma y el copal ahuyenta durante el viaje a los espíritus del mal.

Por la tarde del día primero, la gente llega con fruta, comida; su ofrenda para los santos inocentes. “Ellos nos visitan y nosotros los devolvemos la visita. Ellos conviven con nuestros difuntos y nosotros con los de ellos. Mañana vamos con todo al panteón: se arregla su tumba: barremos, deshierbamos, aplacamos la tierra regando agua, la cubrimos con flores, hacemos compañía y él agradece que no lo olvidemos”.

En casa de don Anastasio García Yepes concluye el arreglo del altar. Desde el zaguán hasta el sitio donde se ubica la ofrenda a su memoria, un camino de pétalos de cempasúchil guía hasta el sitio de las ofrendas. Por la noche del dos de noviembre sus conocidos acompañarán al difunto adulto. “Él nos inculcó preparar el altar, cada año va mejorando. Somos su hija y su hijo y sabemos que le gustaba convivir”.

En Santa Fe de la Laguna mujeres de gruesa trenza, ataviadas con sus floreadas faldas largas y un mandil, concluyen un marco ya floreado con cempasúchil en flor y gamuza morada; hombres mujeres y niños participaron en ello. El pueblo es de puertas abiertas. Un pequeño franquea el paso, se continúa por el caminito densamente poblado con pétalos de cempasúchil y veladoras a la vera.

Apenas se traspone el arco una cruz, también de flores, preside. Enseguida el altar de tres niveles, el primero y los demás blanqueados; encima veladoras, adornos de papel picado: verdes, amarillos, naranja, rosa; en el nivel superior la foto del difunto con un rosario enredado; detrás, en la pared; el Sagrado Corazón de Jesús, un cristo crucificado, la Virgen de los Remedios, de San Juan de los Lagos, la Morena del Tepeyac, la Virgen de Lourdes. El colorido impera, expresa alegría por la visita inminente del difunto.

El panteón recibirá a los familiares que, armados con carretilla, azadón, rastrillo, picos y palas, desbrozan el terreno, reacomodan el túmulo, lo riegan para que reciba las flores que le brindarán. El día, cálido; la noche es fría y relucen cobijas y gabanes, encienden cirios, veladoras y antorchas, y aquello es un mar de llamitas y la charanda, el mezcal o el tequila calientan el cuerpo que recibe sorbos: el último y nos vamos. La colorida viveza del cempazúchitl resplandece y llegarán procesiones encabezadas con arcos para este reencuentro de los vivos con sus muertos.