Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 18 de marzo, 2019.- El anciano, de apenas metro y medio, sombrero negro al pecho sostenido con ambas manos, se atraganta con las lágrimas que de él brotan y le agüitan las palabras. Los pasajeros lo miran mientras intenta, entre suspiros y lamentos, relatar su historia.

Sujeta el sombrero contra el pecho y lo estruja con tanto nerviosismo como quien intenta sostener a un recién nacido.

 –Señores pasajeros, me apena mucho molestarles, pero los muchachos de la ruta me permitieron acercarme a ustedes y solicitar su ayuda. Cada palabra se une a la otra inundada por las lágrimas. Constantemente se lleva una de sus manos calcinas al rostro y limpia, apesadumbrado, la saliva que se acumula en su bigote ralo. No mira a nadie; fija los ojos en el techo del camión como quien mira al interior de una iglesia la cruz clavada en lo alto.

 –Hace unos días, dos para ser exactos, me quitaron a mi hijo. Seguro ustedes, en las noticias, escucharon algo. 

Acostumbrados al “talón” diario, a la rutinaria petición de limosna en cada camión o calle, en cada transporte o avenida, por un niño hambriento, un teporocho semidesnudo o el chacal que amedrenta para pedir unos pesos relatando su reciente salida del reclusorio, los pasajeros miran al pequeño hombre, con la piel curtida refrescada por el llanto, apretar su sombrero negro contra el pecho y que ocasionalmente baja la mirada tan sólo para clavarla sobre sus botas vaqueras cenizas.

–Nosotros, michoacanos llegados a la ciudad hace más de 30 años, nos instalamos en esta ciudad para trabajar con aquello que sabíamos hacer. Seguro alguno de ustedes nos han visto, somos aquellas familias que sobre la banqueta de Periférico vendíamos muebles de madera. Jamás le hicimos daño a alguien.

Algunos pasajeros mueven la cabeza asintiendo, los demás sólo le miran con los rostros parcos, poco a poco descompuestos, a causa de las tristura y el desconsuelo que decoran lúgubremente las forzadas palabras que brotan de los labios del abatido anciano.

 –Pero desde hace unas semanas las cosas se complicaron. Comenzamos a ser visitados por personas que nos exigían pagar una cuota para poder seguir trabajando. Seguro, ustedes, señores pasajeros, han escuchado de ellos. Acudimos con los policías en busca de ayuda, pero nos recomendaron que lo mejor era cooperar.

El camión avanza lentamente entre el tránsito de la tarde. El sol cede tras el horizonte y las calles comienzan a enfriarse. Las cumbres montañosas lucen sus renovados glaciares como espejos recién pulidos a causa del temporal que nubla la región desde hace algunas noches. Algunos pasajeros se preparan para descender del camión, pero aguardan hasta el último instante anhelando escuchar el resto de la historia, mientras tientan sobre sus bolsillos hasta localizar algunas monedas. Las extienden al anciano y escuchan el doliente “¡Gracias!” que se quiebra por el llanto.

–Por no pagar, me quitaron a mi hijo. El domingo por la tarde, hace dos días, una camioneta se detuvo frente a nuestros muebles y dispararon en muchas ocasiones. Me quitaron a mi hijo, me lo acribillaron por no poder pagar la cuota para seguir trabajando.

Señores pasajeros, los choferes de la ruta podrán dar fe de esto que a ustedes les cuento. Hoy vengo a pedirles, con mucha pena, una ayuda para poder enterrar a mi hijo. Tras las palabras, el gimoteo se transforma en angustiosa suplica. El pequeño hombre extiende su sombrero y recorre cada lugar del camión recogiendo algunas monedas que repiquetean, como lágrimas contenidas, al acumularse en el sombrero.

 –Muchas gracias, señores–agradece el viejo, mientras guarda las monedas y advierte su tristeza, la angustia compartida, enterrada en la mirada de cada pasajero.   

noestoylocoemilio.blogspot.com Facebook: /el.emilio.666 Twitter: @Emilixxx \lsdsemihidde