Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, marzo, 2019.- La casa rechinaba de limpia. Puravida tocó a la vivienda ubicada la vecindad de Paulita, enfermera retirada del servicio: –Pásale, mi vida– dijo Gloria y franqueó el paso. El aroma de la sopa recién elaborada hizo salivar al nano, como le decían en la vecindad.

–Deja, termino de arreglarme y te sirvo de comer; mientras, ve con Andresito y Jacinta– instruyó; lanzó al cesto de la ropa sucia falda, fondo, blusa y sostén. Puravida miraba de reojo; cohibido, fue hasta la cuna donde Andresito dormitaba y Jacinta frotaba sus encías con el puñito de la diestra, inflamadas por la inminente dentición.

Gloria, en bata, calzada con chanclas de hule y toalla en ristre, fue a la regadera común y en quince minutos volvió con la toalla arrollada sobre la cabeza para secar la abundante y larga cabellera. Tendió bata y toalla e inclinada sacudió el pelo para quitar restos de agua. Luego, frente al espejo de la recámara, tomó el tarro azul de crema y con delicadeza recorrió cada rincón de su cuerpo, sin huellas propias de la maternidad.

Entrecerraba sus negros y brillantes ojos; dedicaba especial atención a sus senos. La blanca crema desaparecía apenas sus manos tocaban las rubicundas tetas; las puntas de los oscuros y firmes pezones se coronaban con sendas gotas de blanca leche; los tomaba con la con la punta de los dedos y estiraba y arqueando el cuerpo deslizaba las gotas sobre sus redondas nalgas.

 Evocaba, serena, las manos de Rodolfo. Presionaba los senos y llenaba los cuencos de sus manos, esparcía la leche en su vientre, sobre el negro y lacio delta de Venus, en la entrepierna. Puravida, miraba ella a través del espejo, se entretenía con Jacinta.

Pero no. El niño evocaba el alivio que ella proporcionó a sus ojos, los que seguían reflejo de Gloria en la esférica sonaja cromada que enorme pendía sobre el vértice del mosquitero que cubría la cuna. Llegó de la mano de Eréndira. La cálida mañana reunió a las mujeres del vecindario alrededor de la silla en que, sentada y bromeando, Gloria amamantaba a Jacinta. El círculo se abrió y Eréndira puso al niño al frente.

Ahhh, ohhh, nooo: qué horrible. ¿Por qué no lo trajo antes? Mire nomás, pobrecito. Segurito trae ahuatles. Eréndira asintió, agradeció la silla que le ofrecieron. Póngalo sobre sus piernas, bocarriba. No faltó quien se acomidió a tener en brazos a Jacinta, ahíta ya de leche. Con el índice y el pulgar, su madre despegó los párpados, desprendió las lagañas endurecidas en las pestañas mientras Gloria extraía de entre su blusa floreada el seno rebosante.

Pese a las lagañas, Puravida vio el enrojecido pezón, y también la mano oprimir el seno hasta que un chorro de leche irrigó un ojo, el otro. Eréndira retiraba las lagañas y varias veces el chorro lavó y refrescó con su calidez los ojos, que advertían la textura del pezón: se contraía y abría para arrojar aquel dulce alivio sobre sus atormentados ojos: se distendieron, contrajeron, expulsaron los huevecillos. Eréndira los vio sobre la gasa, diminutos y turgentes, gelatinosos.

Las mujeres aplaudieron y Gloria, maldosa, lanzó leche en círculos sobre la redonda tez, y maldosa le puso el pezón en la boca: que le mame, que le mame, que le mame, corearon, y la sonrisa de Puravida se integró a la de las mujeres, y le vino la risa y pasó a nerviosa carcajada, hasta que Puravida sintió que la pipí, la pipí, la pipí lo traicionaba. A la carrera fue al baño entre cariñitos en la cabezota y expresiones de eh, eh, le supo a Gloria la leche, eh, eh… quire