Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 16 de marzo de 2019.- Chinches de agua, las nombraban. Los patos del lago se hartaban con ellas. Los antiguos mexicanos llamaban axayácatl a estos “tábanos del agua”. Los vecinos de Chimalhuacán los comían tostados; su hueva, el ahuatle, “caviar mexicano”, era muy apreciada.

Los nativos colocaban tules, hojas de mazorca, un mazo de zacate o ramas secas amarradas a una estaca, para que ahí desovaran los insectos; miles de huevecillos, ya secos, eran molidos y con esa harina hacían tortitas capeadas con huevo batido, las agregaban a los romeritos en mole y, hum, para chuparse los dedos.

Los ahuatles no miden más de un milímetro de diámetro. El viento las integraba al terregal, donde eran dichosos Pancita, Llanta y Puravida. Eran febrero loco y marzo, otro poco, con sus ventoleras para elevar papalotes. Y sus remolinos, que iniciaban con breve danza y en segundos integraban a su ser papeles, bolsas de plástico, ropa tendida al sol; fortalecidos, arrancaban láminas de los tejabanes y hojas de eucalipto o pirú, especies que sobrevivían sobre el salitral aledaño al aeropuerto de la Ciudad de México.

Gatos al acecho, los chiquillos elegían su remolino; lo seguían a su ritmo mientras crecía y crecía. En un quiebre dancístico del tornado, entraban con las manos por delante, como si en clavado al agua se lanzaran; arribaban al centro del silencio y caminaban a su paso y por miedo blandían la señal de la cruz y en la boca la vieja oración: Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

La errancia por el llano solía causar afecciones: hongos en la piel, sarna, cortaduras en los pies descalzos, conjuntivitis primaveral tornaba a los ojos tan lagañosos que parecían fuente de flan y sus comisuras y el lagrimal ascuas con insoportable ardor y comezón imposible de mitigar.

A las mamás preocupaban los ahuatles: combatían la irritación ocular con lavados de té de rosa de castilla; si persistía, agregaban gotas de jugo de limón; si la irritación y el lagrimeo seguían, una revisión a fondo daba con el cuerpo extraño, y si advertían incremento en su volumen: ¡terror!, el ahuatle incubado ponía en riesgo la visión.

–Véngase p’acá– pedía la madre y de la cabeza del afectado arrancaba un cabello grueso; doblado lo introducía en el ojo para arrastrar el huevecillo. Si la operación fracasaba, pedía: Traigan el cepillo de los zapatos, y la repetía, ahora con una cerda de grueso calibre desinfectada. Volvía el lavado ocular con la infusión. Si el intruso continuaba, la madre acudía a las mujeres del menesteroso caserío: a la que estuviera criando.

Los ahuatles no arredraban a la chiquillada: tornaba al llano, a sus terregales y remolinos. Tras la inmersión en su entraña, salían como ebrios: mareados, con una sensación equiparable a la primera cruda, maravillados por la singular experiencia que pocos en su vida tendrían.

De los tres pingos hijos de su mamá, fue Puravida quien con más frecuencia padeció a los ahuatles. Quiso su buena estrella que Gloria aún amamantara a Jacinta, hermana de Andresito, el niño de dos años a quien Puravida cuidaba cada jueves: le encantaba jugar con los bebés. Por ser el crío más chico de Eréndira, no tuvo hermanos pequeños para consentir; canalizaba su ternura hacia los pequeños vecinos.

Eréndira lo prestaba a Gloria para que, con la certeza que niño quedaba en buenas manos, se encontrara en el cine con Rodolfo, su marido, chofer de la línea de los autobuses chimecos.

Gloria concluía su quehacer y cada jueves llegaba antes que el Rodo a las inmediaciones del cine Maravillas; se integraba a la cola para adquirir los boletos y luego de ver tres películas volvían relajados a casa, a pie, previa cena en la Fonda de Margot: caldo de gallina con pechuga desmenuzada, aderezado con venas de chile guajillo y jugo de limón.

A punto de cumplir veinte años de edad, Gloria cuidaba su figura “para que el Rodo no ande cuzqueando entre las tantas que se le ofrecen en el camión, con tal de viajar sentadas al lado del chofer”.