Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 19 de octubre, 2019.-A mediados de la década de los 60 cuando todavía era presidente Adolfo López Mateos, dicen que la economía crecía a buen paso, pero estoy convencido de que las mayoría de las familias en México vivían en crisis, o al menos las que nosotros conocíamos, las que vivían en lo que ahora se conoce como cinturones de miseria. Lo único que ha cambiado es que ahora son más, porque hasta en la copa de  los cerros hay viviendas, en casi todas las grandes urbes del país.

En esa década de los 60, la Ciudad de México estaba urbanizada solo en las zonas centrales de las delegaciones. Ahora no, los tiempos cambiaron y la ciudad se juntó con el estado de México, hasta Chalco, Ecatepec, Los Reyes, Texcoco, El Ajusco, y la zona poniente. En apariencia hay mayor bienestar, pero en el fondo no es así.

Vivíamos con mi madre La Güera y El Matador en la zona oriente de la ciudad. Como en el cuento de Juan Rulfo, Nos han dado la tierra, mi padre construyó  su vivienda en terrenos salitrosos, donde a kilómetros solo se observaban los llanos.

Le llamaban La Vicentina  por allí madres de esa congregación religiosa habían instalado un dispensario, luego una escuela. En realidad se podían contar con los dedos de las manos las viviendas que había en toda la colonia.

Quienes tenían un poco de dinero obtenían luz eléctrica a través de una telaraña de cables que venían de las colonias vecinas. Lo que serían las calles, eran solo brechas que se ajustaban a las  zanjas que, dicen, dejaron los antepasados cuando construyeron cientos de canales en lo que fue la Gran Tenochtitlán. Pero después de siglos sólo había tierra salitrosa en la que solo se daba un poco de pasto y yerba en tiempos de lluvia, y durante el estiaje enormes polvaredas y remolinos.

Pero diciembre siempre era festivo porque había algunas cosas que nos sacaban de la rutina. La familia de Rey organizaba posadas en las que verdaderamente nos tocaba peregrinar. En ocasiones íbamos hasta los barrios de Iztapalapa para poder traer colaciones y un poco de fruta. Lo único que detestábamos eran los rezos, pero había que entrarle, no había de otra.

Eran tiempos malos, y para nosotros no existía el casi desconocido Santa Claus… y de los Reyes Magos, ni sus luces. A veces mi padre El Matador traía algunos regalos sorpresivos. Era agente de ventas y a veces le pagaban el enganche de las mercancías con algún juguete  caro, al menos para nosotros.

Pero como siempre fue descreído llegaba el 12 o 17 de diciembre y repartía los juguetes a su haber. Ya para Navidad no había juguetes y menos para el Día de Reyes. Así era mi padre de falto de toda norma social.

En cierta ocasión llegó con una bicicleta rodada 28, de las grandes. Costaba mucho trabajo manejarla, porque había que meter las piernas en el cuadro de la bici y luego pedalearle sin perder el equilibrio, porque de lo contrario del “fregadazo” nadie te salvaba.

Apenas habían pasado unos días y alguien entró a la casa y se la robó. No había chapa ni seguridad alguna, la puerta solo  se atoraba con la parte metálica de  un pico, que se atoraba en la parte baja de la puerta.

El  Matador solo comentó al darse cuenta del atraco:

–A de haber sido ese hijo de la chingada de El Cafetero.

 Era el único raterillo conocido en la naciente colonia.

Pasaron algunas semanas. Habíamos colocado una manguera de la llave de agua de la esquina (nadie tenía agua en su casa), de lo que podría llamarse calle, a la pila del lavadero que se encontraba detrás de la casa. Por alguna razón mi papá  salió y se dio cuenta que se estaban robando la manguera. Tomó el pedazo de fierro del pico, y le dio un  fuerte golpe en la espalda al ladrón. Quien cayó y rápidamente y luego se levantó y echó a correr. En efecto era El Cafetero, quien no se volvió acercar a la casa.

Después de un año, mi padre compró otra bicicleta, esa vez era rodada 26. Según era para mi hermano Alfredo y para mí, pero lo cierto es que nunca me subí en ella. Era día de Reyes. Mi hermano estaba en la casa de mi abuela en el barrio de San Miguel. Se juntó con varios chamacos que también estaban estrenando bicicleta, incluso entre ellos estaba El Pichirilo, compañero de la escuela primaria que vivía en El Ejido del Moral.

Andaban paseando en las bicis  por el mercado de La Purísima cuando dos tipos les pidieron que si les ayudaban a bajar una carga de un camión,  les daban cinco pesos, que entonces era mucho dinero para un niño.

Les dijeron que dejaran sus bicicletas allí;  se las iban a cuidar en lo que caminaban más adelante donde estaba  el camión. Al llegar al lugar, les dijeron no  había llegado la carga, que mejor se marcharan. Al llegar a donde habían dejado las bicicletas ya no había nada, ni nadie. Les acababan de robar.

El Pichirilo se puso a llorar porque así le iba a ir en su casa. Fueron al menos unas ocho bicicletas que les robaron. A  mi hermano solo lo regañaron. Pero finalmente tampoco hubo bicicleta por segunda ocasión. De El Pichirilo su papá lo pegó con el cinturón, y lo puso a trabajar acarreando agua en los tambos y burros que ellos tenían paran abastecer am la colonia del Ejido del Moral.

Lo bueno de ser niño es que uno puede jugar a muchas cosas sin necesidad de juguetes caros, y se requiere de poco para alimentarse, y siempre en la casa había algo con qué llenar la tripa. Mi padre nos repetía que “hay veces que pato nada y veces que ni agua bebe”. Pero lo salitroso se paga en otra ventanilla.