Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 26 de enero, 2020.- Despatarrado sobre la banqueta, recargada la espalda sobre una barda con leyendas pintadas con aerosol, con la cerveza en la diestra –a la que de vez en vez da un sorbo como para aclararse la voz–, Norber deja ir en torrente palabras que se le han quedado grabadas como los graffitis en la pared.

Norberto (Norber, le llaman sus amigos), dice que se llama igual que se padre. Fue él quien le descubrió el significado del nombre: espléndido, brillante. Pero considera que jamás se las ha dicho desde que tiene uso de conciencia. Todo lo contrario:

–Me duelen más sus palabras que los jalones de orejas, coscorrones y hasta patadas en las nalgas, que nomás me hacen pandear para que duela menos. Mi papá dice que si quiero ser güevón, cuando menos pida que me la den de probador de colchones en las tiendas Dormimundo, pero que si voy a pedir la chamba me la van a negar porque me paso de flojo… Que si quiero triunfar, mejor me meta de ratero o de político, como dice el del anuncio…  “Eres un parásito”, dijo mi padre una vez que terminó de revisarme la tarea, “está por demás que me mate trabajando horas extra en la oficina para pagar tus necesidades, si nada más te falta rebuznar… ¿Para esto estás yendo a la escuela, piojo, chinche… pa-rá-si-to?”

Las palabras de Norberto padre rebotaban en el cerebro de Norber, hacían carambola de tres bandas. Lo escuchaba con atormentadora claridad, pese a que tenía las orejas al rojo vivo por tantos jalones que le daba cada que descubría un error en su tarea de matemáticas, primer año se secundaria, aunque ya era el segundo en el plantel.

–Reprobé siete materias, no por maleta sino porque durante las dos semanas de exámenes finales me dejé convencer por la banda para ir diario de pinta a Chapultepec. Nada más pasé Educación Física, no porque fuera un as del deporte, sino porque el güevón maestro nos calificaba: con diez, si llevábamos el chor y con cinco –reprobados– si no. Nada más había prácticas de voleibol, porque no había balones, ni para basket, menos para fut… Mejor nos entreteníamos espiando al baño de las mujeres, sobre todo el de Tercer Año: como ya le andaban pegando a los quince años de edad, las chavitas comenzaban a tener pelitos ahí donde les conté y como eran tanto o más cábulas que nosotros, se aventaban las horas en el to-ca-dor, que era como le llamaban al guáter cuando pedían permiso: “Maestro, ¿nos da permiso de ir al tocador?”

“Entre los cuates con los que me comencé a juntar para ir a Chapultepec, decíamos que iban al baño, al tocador porque era el sitio para tocarse el changuito, el monito, la palomita, el mondongo, el peludo que ya conocíamos en las películas porno que veíamos en mi casa, cuando mi papá se iba a trabajar y mi mamá iba al mercado a comprar todas las cosas del mandado, como la Patita de la canción del Gran Cri Cri. Se llevaba al par de lacras que son mis carnalitos, de tres y dos años de edad, respectivamente. Los consentidos y apapachables, no como yo, al que se le cargan las pulgas por ser el mayor”.

Repite las palabras de su padre. Sin pasión, sin rencor. “Eres un animal, Norberto. Malhaya la hora en que se me ocurrió ponerte este nombre: Norberto: espléndido, brillante. Dicen que eso quiere decir. Cómo no. Dale gracias a tu madre, que tenía un novio que así se llamaba y por eso se aferró a que así te bautizáramos, pero yo creo que si era como tú de es-plén-di-do, de bri-llan-te… ¡aguas!”