Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debata M3  

Morelia, Mich.,  7 de septiembre, 2020.- La Unidad Nonoalco-Tlatelolco expresa el ocaso urbanístico y arquitectónico de un proyecto simbólico de los momentos de esplendor del priísmo. Hoy, al igual que el PRI, experimentan una sensación de “debilidad” en sus estructuras físicas ante la posibilidad de un sismo; adicionalmente sufren la falta de mantenimiento en elevadores, redes hidrosanitarias y en las estructuras de cimentación de los edificios. Es el mejor ejemplo de la decadencia urbana y arquitectónica de un proyecto debilitado por años de constantes cambios sociales, y de una población envejecida y sin recursos económicos.  

Para la clase política de la segunda mitad del siglo XX, la película Los olvidados, de Luis Buñuel, filmada en 1950, significó una afrenta cuya imagen  eran  las vecindades y terrenos del rudo barrio de Nonoalco. Una afrenta que se quería dejar atrás. Los olvidados eran la “zona de tugurios”, como la llamó el responsable de la obra el arquitecto Mario Pani. Nonoalco-Tlatelolco, nace nueve años después de la película de Buñuel, como la respuesta de la “modernidad” al México que se quería olvidar. Durante la construcción del conjunto se demolió el 80% de viviendas precarias, y alrededor de 7 mil personas fueron expulsadas de la zona por no contar con los ingresos suficientes para adquirir una vivienda nueva en Tlatelolco. La promesa de que se beneficiaría a los habitantes de bajos ingresos de la zona no se cumplió.  

Cubriendo cien hectáreas, Pani planeó una “ciudad dentro de la ciudad” diseñada para albergar a 100 mil habitantes en 15 mil unidades. El mensaje que daban los gobiernos priístas era el de haber cambiado las casas de cartón, de lo que entonces se llamaba una “ciudad perdida”,  por edificios. Pani utilizó el esquema de “supermanzanas” que estaba en uso en Radburn, Nueva Jersey.  

Fue un proyecto muy ambicioso; se planificó en 1959, y la construcción se ejecutó de 1960 hasta 1966; fue inaugurada en 1964, con 102 edificios y 12 mil departamentos de 1, 2 y 3 recámaras; los más espaciosos contaban con cuartos de azotea. La planta baja se destinó para uso comercial, se dotó de un total de 649 cajones para toda la unidad. Que en pocos años serían insuficientes. El equipamiento lo conformaban centros deportivos, clínicas, escuelas, guarderías, oficinas y teatros, para que los residentes pudieran cubrir sus necesidades básicas dentro del conjunto, y generar una atmósfera de convivencia y tránsito constante hacia el interior.  

El proyecto inicial contemplaba vivienda en alquiler, que prevaleció únicamente durante los primeros diez años de ocupación;, el esquema cambió para dar acceso a la propiedad a través de Certificados de Participación Inmobiliaria.  

Después de cuatro años de haberse inaugurado, los acontecimientos en la plaza de las tres culturas, en 1968, dejarían huella en sus habitantes, lo cual produjo la primera expulsión de algunos residentes. A continuación, se modificaría la estructura física del conjunto, al sustituir la vocacional 7, para reemplazarla por la clínica del Seguro Social. Otro momento importante está asociado al terremoto de septiembre de 1985 y sus devastadoras consecuencias, alterando la vida comunitaria y marcando físicamente la trama urbana del conjunto. Sin embargo, entre un acontecimiento y otro, se gestó un movimiento social que buscaba transparentar la administración de los recursos del fideicomiso constituido para dar mantenimiento a los inmuebles, espacios abiertos y equipamientos del conjunto urbano.  

El retiro de la Administradora Inmobiliaria (AISA) y el cambio de régimen de propiedad por los Certificados de Participación Condominal provocó el deterioro de la unidad. En la planeación de Tlatelolco, no se consideró el contexto urbano, la propuesta se centró en asegurar un 70% del área del proyecto para espacios abiertos, que al paso de los años serían un problema en cuanto seguridad y mantenimiento ya que al fragmentarse la administración esos espacios quedaron en el abandono sin dueño y sin responsable, es decir, en “tierra de nadie”. Una imagen recurrente de la herencia del siglo XX.