Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 13 de marzo, 2020.- Las movilizaciones del pasado 8 de marzo en las principales calles de las ciudades de nuestro país, advierten lo que ya, sin duda puede ser definido como nuestra nueva ola feminista. Hacía años que no se recordaban manifestaciones tan masivas, ni tampoco tan intergeneracionales. Mujeres de todas las edades, con una presencia rotunda de jóvenes, exigieron el fin del acoso sexual, de la brecha salarial y de las violencias en su contra.

Hay un desplazamiento estratégico de las mujeres, pues mientras que en la época más sombría del machismo las mujeres estuvieron a la defensiva, ahora se han situado a la ofensiva: no solo impiden el recorte de sus derechos, sino que politizan realidades sociales largo tiempo asumidas como “normales”.

Como advierte la filósofa, Celia Amorós, “en feminismo conceptualizar es politizar” y eso es, precisamente, lo que está haciendo las mujeres en México. Se inicia la politización de la maternidad, de la sexualidad, del cuidado de la familia, del trabajo doméstico. Este movimiento anuncia que estamos ante una transformación de la vida cotidiana.

Las mujeres han construido un movimiento social con tal capacidad de convocatoria que pudo parar la ciudad de México.  El día sin mujeres, fue exitoso porque fue capaz de colocar en el centro de la sociedad la necesidad de justicia y del fin de las violencias.

La violencia contra las mujeres es un poderoso mecanismo de control social que les impide apropiarse del espacio público, y hacer uso de su autonomía y libertad. La lucha contra la violencia sexual ha calado tan hondo entre las mujeres de todas las edades y ha tomado tal fuerza que está ampliando el marco de la definición de la propia violencia, para hablar como lo hacemos aquí de violencias, en plural.

Un feminismo transformador y eficaz tiene que construir un discurso y una lucha política equilibrada contra los lastres que vivimos.  No debe descuidar la lucha contra los privilegios derivados de las estructuras patriarcales, pero tampoco debe rehuir las contradicciones materiales de los distintos grupos de la sociedad, en un contexto como el mexicano caracterizado por sus profundas diferencias sociales, su racismo y su alto contenido de exclusión en todos los ámbitos de la vida pública.