Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 6 de marzo, 2019.- En un esfuerzo desesperado por llamar la atención Claudia Ruiz Massieu presidenta nacional del PRI declaró que su partido no le tiene miedo a la democracia, y aseguró que la renovación del tricolor va en serio y es de fondo.

Lo cierto es que el PRI fue capaz  por años de sobrevivir  pero conforme el país se modernizaba, la ciudadanía se transformó. La rigidez institucional, aunada a la corrupción e incapacidad de comprender las demandas de la sociedad y su composición elitista, impidió que el tricolor se  pudiera hacer suyos los reclamos de su base.

En consecuencia, el PRI ya no es lo que creía ser. Un dato que no se puede rebatir: José Antonio Meade, no ganó en ninguno de los 300 distritos en el país. Incluso en Baja California y Tabasco consiguió menos del 10% de la votación.

Derrotado, desprestigiado por  su pasado de corrupción,  con ex gobernadores en prisión, y con severos problemas económicos, que ni siquiera puede pagar sus propias elecciones para renovar su dirigencia nacional, así llega el PRI a su aniversario número 90. 

El PRI vivió en el año  2000 una derrota histórica que lo dejó 12 años fuera de la presidencia de la República. Su regreso en 2012 con Enrique Peña Nieto, estuvo marcado por múltiples acusaciones de corrupción y varios gobernadores de ese partido fueron acusados de saquear al erario público.

Tomás Yarrington, Andrés Granier, Mario Villanueva y Jesús Reyna — están en la cárcel y dos más –Humberto Moreira y Rodrigo Medina– lo estuvieron. El descrédito de estos casos persigue también al ex líder del PRI, Enrique Ochoa Reza quien ha sido cuestionado por negocios de transporte, posesión de obras de arte y una riqueza de millones de dólares que, asegura, es producto de su trabajo como funcionario de varios años.

En 2012, cuando era candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto aseguró que había una nueva generación de políticos que eran el futuro del partido. Y citó a los ex gobernadores de Quintana Roo, Roberto Borge; de Veracruz, Javier Duarte; y de Chihuahua, César Duarte “como parte de la renovación del partido”.

Las elecciones de 2018 significaron la segunda derrota para el PRI. A la inversa de lo que pudiera suponerse, el PRI no  fue un organismo homogéneo, sino que se componía de varios grupos que imponían diversas prácticas,  incluso ocasionando enfrentamientos. Ninguna de estas diferencias puso en riesgo su permanencia hasta la  elección  del 2018. 

La idea de una maquinaria electoral según las necesidades particulares que requerían  de amplios procesos de negociación interna y trabajo social  con los militantes y esto  se acabó  con  Enrique Peña Nieto. El PRI del estado de México,  uno de los más fuertes de todo el país sucumbió ante la ola de Morena que arrasó en prácticamente toda la geografía nacional. 

El priismo mexiquense no fue capaz de ganar un solo distrito en la elección local de diputados y perdió municipios tan emblemáticos de la entidad como Atlacomulco, San Felipe del Progreso y Toluca. El PRI fue capaz  por años de subsistir  pero conforme el país se modernizaba, las mayorías se transformaron.

La rigidez institucional, aunada a la corrupción e incapacidad de comprender las demandas de la sociedad y su composición elitista, impidió que el PRI se adaptara y pudiera hacer suyos los reclamos de su base. En consecuencia, el PRI ya no era lo que creía ser. El  dato es preciso: José Antonio Meade, no ganó en ninguno de los 300 distritos en el país. Incluso en Baja California y Tabasco consiguió menos del 10% de la votación.