Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 3 de abril, 2020.- Al redactar esta columna pasan por mi mente las palabras del escritor austriaco Stefan Zweig, quien se suicidó en Brasil en 1942. Decía Zweig: “por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración”.

Son días, en los que estamos descubriendo el sentido de la palabra griega “epidēmía” que representa a la enfermedad grave, extendida y transmisible. El Covid-19, surgido en la ciudad china de Wuhan a finales de 2019, sigue avanzando y generando angustia. Son un millón de personas de más de 175 países del mundo las que han sido diagnosticadas de Covid-19 y más de 50 mil han perdido la vida.

Vivimos una experiencia traumática- parecida a la acontecida en la primavera de 1832, en la se dio una crisis mayúscula que sacudiría los cimientos del mundo. Esa catástrofe bacteriana tenía nombre propio y fue conocida como el cólera. La primera aparición del cólera en el siglo XIX fue en la India en 1817 y se extendió por toda Europa.

Cada año se desplazaba al oeste; desde Asia en 1819 a China en 1820, alcanzó Siberia en 1823, Moscú y Londres en 1830, hasta llegar a Viena y Berlín en 1831. A París el cólera llegó en marzo de 1832, y señalan las crónicas que en el Hôtel-Dieu, el principal y más antiguo hospital de París, se empezó a recibir un flujo permanente de pacientes. Los síntomas eran diversos y la mayoría de ellos moría en los primeros dos días.

La epidemia de cólera, la misma que asoló al resto de Europa, golpeaba de manera especial las zonas pobres y sin protección médica. De hecho, la enfermedad se diseminó desde los sitios más bajos, menos ventilados y limpios, y habitados generalmente por indigentes.

El cólera en pocos meses aniquiló miles de personas, lo cual empeoró la crisis social y médica hasta generar una verdadera fractura social.  Esa crisis de 1832 fue olvidada. La enfermedad regresó en 1849. De nuevo, fueron los migrantes y los pobres hacinados en los barrios bajos quienes fueron devastados durante el brote.

Entonces, como ahora, los políticos entraron en pánico, mintieron, discutieron, pero finalmente no pudieron contener la enfermedad. El brote alcanzó niveles incontrolables en el verano. Los cadáveres a menudo se dejaban descomponer a la intemperie. El entonces presidente de los Estados Unidos, Zachary Taylor, exactamente como Donald Trump lo hizo hace dos semanas, pidió “un día nacional de oración”. Cuando todo terminó, más de cinco mil personas habían muerto.

En gran parte del siglo XIX, los estadounidenses y los europeos vieron el cólera como una aflicción de personas pobres, que vivían en condiciones miserables en países empobrecidos. Se necesitaron más de dos generaciones, y muchas pandemias en Nueva York, Londres y París, para que el mundo rico aceptara la incómoda verdad de que era el comercio de explotación el que había llevado la enfermedad a sus ciudades. Fue la Compañía de las Indias Orientales y los colonos ingleses en la India los que devastaron los humedales de Bengala. Esto allanó el camino para que el virus que causa el cólera pudiera infectar a los trabajadores locales que vivían en condiciones de esclavitud, antes de transformarse en un patógeno humano global.

El mismo impulso que sacó el cólera de las aguas de la India hace doscientos años, también ha creado las condiciones para que el Covid-19 viaje desde las profundas selvas de Asia a ciudades y pueblos de todo el mundo. La persistencia de mercados húmedos y el comercio de animales salvajes en China, como el de Wuhan, donde ocurrió el brote de coronavirus, tiene poco que ver con la alimentación de los pobres.