Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3 

Morelia, Mich., 26 de septiembre, 2020.- José López Portillo, vivió el poder en pleno como pocos presidentes lo han hecho. Era la época del precio del petróleo en auge… siempre grandilocuente, hablaba de ”administrar la abundancia”, resolver el problema de la pobreza de su generación y las subsecuentes, mientras su esposa Carmen Romano Nolk se desplazaba por la ciudad con 11 vehículos escolta y los hijos se casaban en fastuosas bodas donde los regalos eran automóviles, viajes, terrenos, cuadros, joyas… 

Las costumbres de la familia no abonaban en su favor: fue célebre el concierto en el que se hizo interpretar en la sala Ollin Yoliztli a la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, las “obras” de su hija Paulina. El mejor arreglista del momento, el argentino Bebu Silveti, fue contratado por ”la señora” -como todos se referían a Carmen Romano Nolk-, para que hiciera la orquestación del álbum Just, que la pequeña de la familia compuso. 

Los desplantes de una de las hermanas, Margarita -a quien el presidente la hizo directora de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC). Escritora que gustaba de mirarse en el espejo de Sor Juana -ganó en 1954 el premio Lanz Duret por su novela Toña Machetes-, no sólo mandó encarcelar, injustamente, como se supo más tarde, a los cineastas Carlos Velo y Bosco Arochi, sino que se ufanaba en público de que hasta al secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, ”ponía en su lugar” porque ”a mí ningún perro me ladra en casa”. 

Su primo Guillermo López Portillo un gánster de la abogacía era titular del Instituto Nacional del Deporte (Inde); Alicia, otra de sus hermanas, su secretaria particular; uno de sus cuñados era oficial mayor en la Comisión Federal de Electricidad… pero la cereza en el pastel era su hijo José Ramón, ”el orgullo de mi nepotismo”, como se refería a él. López Portillo aceptó que Miguel de la Madrid nombrara subsecretario de Programación y Presupuesto al joven, cuando el entonces titular de la SPP insistió por segunda ocasión en las capacidades del muchacho. Luego lo usó en pleno proceso de sucesión. 

A estos excesos del poder se sumó casi al final de su mandato, en plena crisis económica, la construcción de un complejo de cuatro viviendas que todos conocieron como “La colina del perro”.  

Al presidente no le pasaba por la cabeza la posibilidad de regresar a su antigua casa. El deseaba que sus tres hijos -quienes contrajeron nupcias durante su estancia en Los Pinos- siguieran viviendo junto a él, con sus respectivas familias, como en la residencia presidencial. 

Construidas sobre una loma, la colina de Cuajimalpa, las casas se apreciaban desde la carretera México-Toluca. 110 mil metros por los que pagaron 17 millones de pesos de 1982, ”barato, porque el señor Senderos no quiso hacer negocios con la familia del presidente”. Las explicaciones confusas, porque primero dice que ”cada familia construyó con sus recursos y sus créditos”, pero ahí mismo precisa que Carlos Hank, su poderoso jefe del entonces Departamento del Distrito Federal (DDF), se enteró ”del proyecto y generosamente nos ofreció el crédito… nos prestó 200 millones de pesos y más tarde sumas complementarias. 

El profesor no aceptó que formalizáramos el préstamo ni las garantías. Se lo debemos…”, escribió en Mis tiempos. Ni él ni Hank explicaron nunca si el crédito salió de la tesorería del DDF o de la bolsa del, en todo caso, dadivoso Hank. 

Ese no fue el único regalo de proporciones considerables que recibió como mandatario: el sindicato petrolero le obsequió una casa en Acapulco… ”Era una costumbre tradicional en México desde muy remotos tiempos. En el regalo no había mala intención. Era gracia y no soborno. Muchos, muchísimos regalos recibí como presidente. Igual mi familia, como era práctica secular”. 

Vendría después la revelación de la construcción de la casa de descanso de López Portillo en Acapulco, dio a conocer la existencia de Villa Marga Mar, como fue bautizada la residencia de 3 mil 326 metros cuadrados junto al mar, con playa privada, en la exclusiva zona de Pichilngue, comprada a Melchor Perrusquía Villarreal, operación que se hizo a través de la empresa Previews Inc, con sede en Los Ángeles, California, bajo el número de registro 715451. 

La casa fue remodelada, lo que tuvo un costo de 40 millones de pesos, y su precio real se calculó entonces en 2775 millones de pesos 

Las revelaciones de corruptelas del gobierno de López Portillo continuaron En abril de 1986, en el número 492 Proceso, publicó un extenso reportaje sobre la construcción de “El Partenón”, una residencia en la bahía de Zihuatanejo, Guerrero, construida con recursos públicos por el exjefe de la policía capitalina, Arturo Durazo Moreno, quien fuera amigo de la infancia del expresidente. 

La casa tuvo un costo de 700 millones de pesos, edificada en un área de 20 mil metros cuadrados, parte de ellos enterremos ejidales, en una colina que da a la playa La Ropa. Ante ello, López Portillo escribió algunos apuntes que retomó en su autobiografía. ”En dónde y cómo debo vivir como expresidente? No he sinvergüenceado ni contratos ni concesiones ni licencias”.