Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 19 de abril, 2021.- En una de sus columnas: “En la esquina”, publicada en el periódico El Día en 1966, el maestro Francisco Martínez de la Vega escribió: “Nuestro oficio no es fácil ni tranquilo”. De esa columna han pasado 55 años y la relación entre la prensa y el poder sigue siendo tema de análisis y debate.  

A Ricardo Garibay (1923-1999) le tocó vivir como periodista sólo en los gobiernos del PRI. Garibay fue escritor y periodista. Su obra literaria que más lo pinta como persona, fue editada en 1975, por el periódico Excélsior, y es imposible de encontrar desde hace varios años, no porque se vendió mucho sino porque se editó muy poco, su título: Cómo se pasa la vida.  

Como periodista, Garibay lo mismo entrevistaba a María Félix, Agustín Lara, que al boxeador Rubén Olivares, fue alumno del maestro Erasmo Castellanos Quinto, su psicoanalista fue Abraham Fortes, y fue amigo cercano del filósofo Emilio Uranga.  

La maestría para entender la crónica, el reportaje o la semblanza como géneros literarios lo hizo sobresalir en su trabajo como periodista. Le permitió, además, volverse amigo y rival de presidentes, secretarios de Estado, gobernadores, políticos a granel. Desde Gustavo Díaz Ordaz hasta Alfonso Martínez Domínguez; desde Luis Echeverría o José López Portillo hasta Rubén Figueroa o Mario Moya Palencia.  

Donde se observa mejor la relación que guardó el régimen priista con sus opositores, la vivió Garibay. Sus críticas al presidente Gustavo Díaz Ordaz, por el conflicto universitario de 1968, lo habían distinguido en el periódico Excélsior de Julio Scherer. Pero sus escritos lo llevaron al borde de poner en peligro su vida.  

Para salvar esa situación, Norberto Aguirre Palancares, funcionario y maestro de Garibay, lo llevó a Los Pinos a ver al presidente. Cuenta Garibay que sudaba en la sala de espera, imaginaba que recibiría una golpiza o por lo menos severas amenazas cuando escuchó su nombre y entró al despacho. En plena desazón vio al presidente acercarse y decirle: “Siéntese don Ricardo, sólo conversaron unos minutos”. Días después Garibay le reclamó a Aguirre Palancares por llevarlo a esa visita. El entonces director del Departamento Agrario esgrimió un argumento tétrico e irrefutable: en la Procuraduría General de la República habían decidido ir tras el periodista; llevarlo con el presidente frenó esa decisión. Su vida se había salvado.  

II  

Escribió sesenta libros y lamentablemente no se cansaba de denostar contra Juan Rulfo. En mayo de 1984 dijo: “Una de las personas que más lástima me da es Juanito Rulfo, el glorioso autor de dos libros de cien páginas; nadie ha vivido nunca tan bien como Rulfo a cambio de tan pocas páginas escritas, dos libros, folclóricos, buenos, que lo han hecho vivir hasta los setenta años, desde hace cuarenta.”  

Las obras se acumulaban una tras otra, pero muy pocos críticos las tomaban en cuenta. Y como la paga era poca y el hambre mucha, Garibay tuvo que dividirse entre el periodismo, el guionismo y la televisión, y alguno que otro trabajo eventual para dar de comer a los suyos.  

En 1976, publicó el libro Lo que ve el que vive. Este libro apareció al final del sexenio de Luis Echeverría. Al inició de esa administración Garibay le pidió como amigo –él mismo lo contó– recorrer el país y contemplar la realidad “desde el hombro del presidente”. Son notables las crónicas que escribió para Excélsior y compiló luego en ese libro, cuyo título deriva de la expresión de un “paisano” hecha a Atahualpa Yupanqui.  

Es en esas giras presidenciales donde el habla periodística de Garibay va mostrando la voz de Echeverría. También reproduce los giros, la jerga, las contracciones y deformaciones del habla de todas las clases sociales. Lo mismo la de un personaje campesino o marginado, o lumpen, que la de una mujer de alta sociedad o la de un cura o la de un intelectual.  

Garibay buscaba las equivalencias idiomáticas a un parloteo donde la verdad de las palabras descompuestas –que no la simple verosimilitud– se vuelve tema esencial de lo que se está contando. Nunca usó una grabadora, sólo una libreta en la que apuntaba sus observaciones, el brillo de ese lenguaje hablado y llevado al papel con gran precisión es lo más destacado de sus crónicas breves y de sus escritos memoriosos publicados en la prensa.  

En la parte más sarcástica del libro, Garibay anuncia: “Llegue tarde. Mi lugar está en una de las últimas mesas, y enfrente, un poco a mi derecha, hay un hombre que trata de comer como los demás. Es breve, y tan cargado de hombros que parece jorobado. Viste un traje entre morado y rosa, burdamente nuevo y muy holgado para su talla, camisa casi anaranjada y corbata anudada a lo enredijo. Es de cabeza no sé si muy chica o muy grande, pero nada hermosa, como chata cabeza de otra montada viciosamente en medio de estos hombros frágiles. Fragilidad, eso es, o macicez tembleque, eso, raro de veras.  

Y trata de comer el hombre. Sus manos son garfios muy blandos, no sostienen la cuchara y clavan el tenedor arriba o debajo de los labios, pues la boca no se abre pareja ni por dónde anda el tenedor. Lentos garfios tentaleantes, agonías, tiradero de arroces, de pescado y vino, derrames de dulce y café.  Silencio. Se ha levantado el presidente de México. Ha comenzado a hablar. Va a pronunciar el mejor discurso de su gira. Pleitesía de un Jefe de Estado. Tres minutos de necesarias palabras serenamente arrodilladas.  

“Acá, el pequeño monstruo se ha echado a temblar como loco y busca inútilmente enlazar los dedos. Empieza a invadirme una ansiedad rabiosa. En este momento está diciendo Echeverría: ‘… porque hay un músico, un músico cuya obra todos hemos escuchado, un hombre ilustre por quien tenemos reverencia y cuya presencia aquí nos honra y nos exalta…’ Y la enorme sala entera se pone en pie con ensordecedora alabanza. ¿Qué pasa? Llegué a medio banquete, qué pasa. Por arriba de los aplausos está diciendo Echeverría: ‘… ese músico genial, ese hombre es Dimitri Shostakovitch…’  

”Ese, la caricatura, está incorporándose, alzando los brazos como para contener un alud. Es un aguacero de rictus, muecas y temblores. Su desfigurado gesto va hacia allá, hacia acá, hacia arriba, hacia abajo, un puro terror. Aspas sus brazos sin rumbo”.  

”Oh niño horrible. Maestro amadísimo, ¿qué te hizo la vida?, ¿qué te hizo tu gente? Mírame aquí llorando, pidiéndote perdón, jamás vi tu retrato en ninguna parte, mírame aquí rompiéndome las manos para ti. Aplaudimos, aplaudimos casi desesperadamente, llevamos cinco minutos aplaudiendo”.  

Los textos que Garibay arma, pierde y recupera cada vez que se encuentra con otro gran tema, concluyen en una especie de obviedad al revés: Garibay descubre “que no se puede hacer literatura de una realidad, que extermina con sus propios personajes la invención. Sin embargo, en ocasiones novela la corrupción, se radicaliza como personaje del personaje, acepta que “malditos contrastes que ni mandado a hacer y que te echan a perder el buen tono literario”, pero se deja querer por las frases contundentes sobre la corrupción.  

En su libro Acapulco desafía al dueño de la discoteca Bocaccio que le explica las ventajas de su negocio y Garibay le opone la realidad de uno de los basureros de Acapulco y de la miseria que había en el puerto, y nos dice: “lo cierto es a veces lo que es tan obvio se antoja mentira”.  

Garibay, en el siglo XXI, es un escritor ignorado, nunca, nadie, en la historia de la literatura mexicana, escribió tanto y tan bien como él, y a pesar de ello nunca una obra fue tan ninguneada por la cultura dominante, los suplementos culturales, las revistas literarias y los estudios académicos como la suya.  

El ninguneo llegó al exceso de hacer a Garibay, hijo predilecto de Tulancingo, Hidalgo, ciudad a la que regresó muchos años después nada más porque le iban a poner su nombre a un callejón lodoso, a espaldas de un cine. Desde luego, rechazó el gesto y le indicó al gobernador que, por lo menos, se merecía una calle de cien metros “con un camelloncito”.  

Otros pocos se refieren a él como el creador de un personaje arquetípico de la sociedad urbana en el México del siglo pasado: “El Milusos”. Muchos menos, como el cronista imprescindible de las páginas editoriales del Excélsior de Julio Scherer. Garibay antologó un libro de lo más destacado de sus crónicas breves y de sus escritos memoriosos publicados en la prensa. Ese libro es Tendajón mixto. Ahí está entero, nunca completo, el Garibay periodista que mostró en sus libros la relación entre la prensa y el poder priista.  

Garibay falleció el 3 de mayo de 1999, a los setenta y seis años, vencido por el cáncer, pero haciendo hasta el último momento lo que siempre quiso: leer y escribir. Los adultos mayores lo recordamos como el señor enojón que aparecía con bata en la televisión en la madrugada, molesto porque en el estudio de junto estaban martillando mientras él hablaba y guardaba silencio ante las cámaras por interminables segundos hasta que terminaba el ruido.