Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 5 de mayo, 2020.-En 1988, el redactor de la revista estadounidense The New Republic, molesto por el apoyo que el escritor Carlos Fuentes le dio al gobierno sandinista de Nicaragua, envió a un representante a México para buscar a alguien de renombre que escribiera contra Fuentes.

Se dirige a la revista Vuelta, dirigida por Paz, y se topa con el historiador Enrique Krauze, quien accede. El texto, apareció en el número 139 de junio 27 de 1988 de la revista que dirigía Paz y en inglés en el número de The New Republic de la misma fecha. La publicación ocasionó una multitud de críticas nacionales e internacionales en contra de Krauze y defensas a favor de Fuentes.

En 2012, Alfonso González, en la revista de Universidad de México menciona que: “En el artículo de Krauze se percibe un claro empeño por desacreditar lo hasta entonces considerado como valioso por muchos otros autores que abordan la obra de Fuentes antes y después de la negra fecha señalada”.

Ahora, sabemos que el autor intelectual de este ataque fue Leon Wieseltier en ese momento editor de The New Republic quien le pidió a Krauze que escribiera un ensayo sobre Fuentes. En febrero de 1996 la revista Proceso publicó una carta en la que Wieseltier menciona que le encantaba saber que ese “ensayo aún les quita el sueño a los apologistas de Fuentes”.

“No le pedí a Krauze que escribiera su ensayo porque creyera que Fuentes era molesto para el gobierno de Reagan. Le pedí que lo escribiera porque creía que Fuentes era molesto para el mundo intelectual y literario. Desde la perspectiva del lector, se observa la animadversión que existía ya en esa época entre las dos grandes figuras de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX: Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Sin duda alguna, el hoy director de la revista Letras Libres crece gracias a los epítetos con los que enjuició la obra y la persona de Fuentes. Tuvo en Fuentes su ascenso al poder. La animadversión venía de años. En Excélsior el 29 de marzo de 1976 aparece una entrevista en la que respondió: “Terra Nostra, de Carlos Fuentes, es un libro escrito para el partido (el PRI), no para el público.” En ese momento Fuentes era embajador de México en Francia. La pugna entre el joven “historiador” y el afamado escritor daba inicio.

En noviembre de 1981, en el número de aniversario de Vuelta, Enrique  Krauze desafiaba de nuevo  a Carlos  Fuentes y exponía: “Dudar de los dogmas y santones aún de los legítimos de la historia contemporánea.” En julio de 1988, Adolfo Aguilar Zínser comentó que el “historiador” había publicado en la revista estadounidense The New Republic, una reseña de Gringo Viejo. Con esa reseña Krauze buscaba “nuevos interlocutores” a quienes poder representar en Washington.

Terminaba su texto señalando “que el ideal democrático estadounidense era también el latinoamericano” y remataba: “Carlos Fuentes ha reconocido que sus opiniones políticas son elementales y dogmáticas. Su literatura es brillante pero falta sustancia. Ha creado un personaje extraordinario: Carlos Fuentes”.

En la “Comedia Mexicana de Carlos Fuentes”, Krauze enjuició al autor por su “adhesión al régimen echeverrista, su toma de partido por la revolución sandinista, sus actitudes históricas y su visión distorsionada de la realidad.” El hecho motivó que el poeta nicaragüense,  recién fallecido, Ernesto Cardenal como respuesta a la crítica de Krauze ofreciera a Fuentes la “Orden Rubén Darío”. A raíz de las acusaciones contra Harvey Weinstein y el movimiento #MeToo, en  una lista de “Shitty Media Men“, Wieseltier, , quien durante más de 30 años fue editor literario de la revista, emitió un comunicado diciendo que lamentaba “las ofensas contra algunos de mis colegas en el pasado”.

Cuando se dieron a conocer el cumulo de las acusaciones, la filántropa Laurene Powell Jobs, que dirige el Emerson Collective, retiró los fondos para una nueva revista que Wieseltier estaba a punto de lanzar, matando el proyecto.

En todos estos años Krauze fue un “ideólogo” favorecido mediante contratos y prebendas, pero hoy ya carece de credibilidad en un segmento importante de la opinión pública.  No es historiador es un propagandista. En sus trabajos suplanta hechos, miente con frecuencia… Claudio Lomnits (en 1998) o Nicolás García (en 2002), entre otros, han expuesto con mesura que el método de “historiar” de Krauze pondera las ventas, no el rigor histórico, y su obra no pasa de ser colección de lugares comunes.

Quien mejor ha sintetizado esa forma de trabajo fue el Manuel López Gallo, quien en 1997 alertó, en un libro demoledor y memorable-Las grandes mentiras de Krauze-, que “la historia” que el ideólogo de Televisa escribe está construida de mentiras gigantescas, rumores absurdos, frivolidades y tergiversaciones.