Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 23 de mayo, 2019.- En momentos políticos como los que vivimos, no debemos de olvidar que el pasado histórico de una sociedad se reconstruye desde el presente. Cada época, cada generación, se acerca a los tiempos idos con ojos distintos, con herramientas que obligan a una permanente reinterpretación de la historia. Ninguna obra, ningún período puede considerarse acabado. La historia, como la realidad misma, es infinita y permanentemente enriquecida.

Hoy, en que nuevos aires recorren la vida política nacional, un sector de los herederos ideológicos del llamado “partido conservador”  cuestionan con todo lo que tienen a la mano al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador. Se han removido sentimientos que parecían sepultados en el pasado. Si bien hasta el momento todo ha quedado en una guerra de adjetivos, diversas voces han advertido que México no quiere reeditar etapas del pasado. Y precisamente para evitar repetir los errores y los horrores de un pasado impregnado de autoritarismo, cerrazón, barbarie y fanatismo, es necesario tener presente nuestra historia.

El planteamiento que ve en los conflictos del siglo XIX sólo diferencias de “forma” y de “método” o, como también ha sido señalado, que servían para “distinguir a amigos de enemigos”. En sus inicios los conservadores deseaban preservar el orden existente bajo el dominio colonial, aunque ahora como naciones independientes —o, como dijera Leopoldo Zea, “volver al férreo orden español, aunque sin España”.

El desorden y la anarquía existente en México en los primeros años 50 años del siglo XIX se atribuían a las guerras de independencia y por esto se oponían a los cambios radicales propuestos por los liberales.

El orden, la estabilidad, la tradición, la autoridad, eran valores por ellos destacados y el Estado el instrumento para preservarlos. Buscaban la defensa del orden existente, no la crítica ni su transformación; defendían todo aquello que contribuyera a la estabilidad social —la religión católica, por ejemplo—, rechazando todo aquello que fuera fuente de inestabilidad y conflicto —el protestantismo, la separación Iglesia-Estado, la libertad de pensamiento y educación, entre otros.

Los conservadores, teniendo ante ellos las consecuencias de la Revolución francesa como de las revueltas populares desatadas en el proceso independentista, reaccionaron oponiéndose a los cambios propuestos por los grupos liberales. Para algunos católicos, el republicanismo, el liberalismo, la masonería y el protestantismo representaban lo mismo y contra ellos declararon una guerra sin cuartel.