Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3

CDMX, 18 de octubre, 2019.- Las discusiones centrales al mediar la mitad del siglo XIX estuvieron muy polarizadas; se luchaba por preservar las viejas costumbres y privilegios coloniales, o se impulsaba un proyecto que transformara las principales estructuras heredadas de la Colonia; se pugnaba por un Estado central y por una política proteccionista de fomento a la industria, o se levantaban las banderas del federalismo se defendían las estructuras agrarias tradicionales, haciendo alianza con los integrantes de la jerarquía católica, o se buscaba una reforma profunda a la estructura agraria, enarbolando los intereses de los sectores medios ilustrados; se miraba con nostalgia a la “madre patria” o se buscaba a Estados Unidos.

En los planteamientos económicos y políticos de los liberales y conservadores, es importante mencionar las contradicciones con los modelos de sociedad que uno y otro grupo defendían.

En el caso mexicano, la pugna por el modelo económico a seguir se dio, particularmente en la primera mitad del siglo XIX, entre los grupos que querían fortalecer los vínculos con el exterior y aquellos que daban prioridad al mercado interno. En el llamado “bando conservador”, con Lucas Alamán a la cabeza,  había una propuesta más acorde con el proyecto modernizador en cuanto al desarrollo económico del país se refería, proyectando un desarrollo nacional interno mediante la reanudación de la minería, misma que impactaría en la capacidad de consumo de la población reactivándose así la manufactura e industrias locales.

Esto se lograría impidiendo la entrada libre de importaciones —británicas particularmente— mediante un estricto control aduanal y el fortalecimiento de un Estado central fuerte que hiciera posible dicho control en una época en donde el contrabando florecía. Los liberales, en cambio, no vieron en la industrialización del país la herramienta para arribar a la modernización económica, sino que centraron su atención en la propiedad agraria, orientando sus ataques a la propiedad corporativa civil y eclesiástica. 

Los así llamados “conservadores” asumieron posturas políticas y sociales se pusieron a la vanguardia al abanderar la necesidad de la industrialización. Los liberales, en cambio, no  dieron la importancia debida al sector industrial y vieron en el comercio exterior y en la eliminación de la propiedad corporativa dos pilares centrales para el desarrollo económico del país. 

Liberales y conservadores abrazaron fragmentariamente elementos de la modernidad, sólo que unos hicieron énfasis en lo político mientras que otros lo hicieron en lo económico. En las pugnas y diferencias habidas entre los grupos y la sobrevivencia de rasgos tradicionales, estos elementos no fueron obstáculos a la modernización económica ni al progreso, particularmente en lo que al último tercio del siglo XIX se refiere. 

Los actores económicamente dominantes del antiguo régimen —la élite de los hacendados, por ejemplo— demostraron una gran capacidad de “adaptación” a los retos que la dinámica mundial del capitalismo planteó en la segunda mitad del siglo XIX. 

Dicho de otra manera, en el México porfirista no existió necesariamente un conflicto entre el capitalismo ascendente y los actores del antiguo régimen. El capitalismo se “adaptó” y modificó a las condiciones estructurales preexistentes —en algunos casos volvió a crear arcaísmos como el trabajo forzado en las plantaciones henequeneras en Yucatán— dando lugar a un capitalismo sui generis que ha sido denominado como “dependiente”, “subordinado” o “periférico”. Pero más allá, de estas diferencias tanto los llamados conservadores como los liberales fracasaron en sus promesas a la sociedad mexicana.