Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 21 de octubre, 2020.- En los años de 1920 a 1933, en los que estuvo vigente la Ley Volstead, se prohibió la venta y el consumo de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos, por lo que el traslado a los poblados fronterizos mexicanos en busca de bares, cantinas, casinos y prostíbulos se volvió una costumbre entre los estadounidenses. El historiador Eric Schantz denominó a esa época la de los vice-tours: drogas, prostitución y juegos.  

En esos años, destacó la ciudad de Tijuana, que además del hipódromo, tuvo a los casinos como sus principales negocios. Los lugares en donde se vendían bebidas alcohólicas estaban abarrotados de clientes, la música sonaba por doquier y en los concurridos hoteles, restaurantes y almacenes había mucha animación. La mayor afluencia era de estadounidenses de bajos ingresos, que en su mayoría provenía del oeste medio y del este, se mantuvo constante gracias al aumento y diversificación de actividades y sitios.  

En la frontera mexicana se vivía una especie de feria permanente con espectáculos musicales, baile, juegos de azar y funciones esporádicas de boxeo, peleas de gallos, corridas de toros y carreras de caballos y perros galgos.  En Tijuana, de 1920 a 1934 operaron 12 casinos, no todos se mantuvieron activos, pues abrían y cerraban sus puertas conforme sus propietarios obtenían o perdían permisos, pagaban los impuestos asignados por el gobierno federal y se granjeaban el respaldo de las autoridades locales. Los casinos autorizados fueron el Sunset Inn, Montecarlo, Foreign Club, Club Alhambra, Tivoli , Red Mill, Club Agua Caliente, Club Recreativo Occidental, Club Oriental, Tijuana Bar Club, Casino Agua Caliente (salón Dorado) y Club California.  

A principios de la década de los años 30 se disponía de 14 mesas para juegos de baraja, 11 para apostar en la ruleta, 10 para dados y 8 para otros juegos. En el Montecarlo había 60 mesas, y 12 tenían ruleta; el Montecarlo y Sunset Inn ofrecían espectáculos de baile y musicales, así como servicio de restaurante y cantina. Ambos estaban ubicados cerca de la línea divisoria internacional, contiguos al primer hipódromo y eran los más frecuentados por los turistas adinerados.  

El Foreign Club fue el casino más grande hasta 1927; de acuerdo con una nota de un diario de California, se localizaba en la calle principal y tenía espacio para atender a miles de personas. Los juegos de azar preferidos allí eran la ruleta, el black jack y las máquinas tragamonedas.  

En cada esquina del enorme galerón, que demarcaba al club, había barras de licores bien surtidas, para estimular a los clientes o animarlos si perdían en las mesas de juegos. En julio de 1928 comenzó a operar el salón Dorado del Agua Caliente, el casino más elegante de todos, que modificó el perfil del jugador que visitaba Tijuana. Este exclusivo sitio de apuestas formaba parte del lujoso centro turístico Agua Caliente, que incluía un hotel con más de 500 habitaciones, bar, restaurante, balneario, cancha de tenis, campo de golf y aeródromo.  

En poco tiempo, el Agua Caliente se hizo de una clientela de turistas distinguidos, muchos de los cuales representaban a la élite de California, que había surgido gracias a las industrias fílmica y petrolera, pero también atrajo a políticos encumbrados.  

En el complejo trabajaban mil 500 personas, que ocupaban al menos cien empleos, esto da idea de las dimensiones del sitio. Las grandes ganancias de la compañía no provenían del bar, restaurante o del hotel, cuyos precios y tarifa eran bajos, sino del salón “Dorado”, reservado para turistas distinguidos y dispuestos a apostar miles de dólares.  

El número de perdedores en Agua Caliente era abrumador, comparado con el de ganadores, y las pérdidas en algunos casos eran cuantiosas. El playboy de San Diego, John Mills, por ejemplo, perdió 6 millones de dólares en un par de años; tres banqueros apostaron y perdieron los fondos de su compañía, motivo por el cual se suicidaron en el hotel.