Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 19 de diciembre, 2020.- La selección del candidato presidencial del PRI para el sexenio 1994-2000, en noviembre de 1993, se efectuó en el más puro estilo presidencialista. Luego de la experiencia de 1987, en la cual fueron presentados a la opinión pública los “seis distinguidos priistas” precandidatos a la candidatura presidencial, a fines de 1993 se esperaba la puesta en marcha de un proceso de selección, sin embargo, el desenlace fue otro.  

Una parte de la explicación estriba en el descontento producido por la fuerte injerencia del presidente en la vida interna del PRI.  

Desde principios del sexenio, el ambiente era de fuerte incertidumbre. A finales del sexenio, la tensión se acrecentó por dos razones: la decisión de retrasar la designación del candidato sin indicar fecha precisa, por un lado, y el procedimiento para ello utilizado, por otro.  

Los dirigentes nacionales del PRI se hacían eco del presidente de la República y declaraban que la designación de su candidato sería entre diciembre de 1993 y enero de 1994, pero la realidad fue diferente. Una vez aprobado el Tratado de Libre Comercio (TLC) y presentadas las comparecencias de Pedro Aspe (secretario de Hacienda) y Manuel Camacho (jefe del Departamento del Distrito Federal), el nombre del candidato presidencial (destape) se dio a conocer sorpresivamente y sin intervención de la jerarquía priista, el 28 de noviembre de 1993. La octava Convención Ordinaria del PRI, efectuada el 8 de diciembre de 1993, formalizó a su vez la candidatura presidencial de Luis Donaldo Colosio.  

El conflicto chiapaneco se sumó a la fractura producida en el PRI debido las derrotas electorales sufridas por ese partido durante el sexenio presidido por Carlos Salinas y a la ruptura provocada por la designación del candidato presidencial. En pleno proceso electoral se dejó ver la lucha interna entre los partidarios del candidato presidencial, los seguidores del aspirante no favorecido —Manuel Camacho—, los gobernadores marginados y el protagonismo presidencial.  

Eso se complicó con el surgimiento de dos nuevas tendencias y, por tanto, de una nueva fractura entre los priistas producida por la guerra de Chiapas: los partidarios de la solución armada, frente a los demandantes de una salida política, es decir, negociada, del conflicto. La violencia había empezado a establecerse como parte de la “lucha política”, pero, sobre todo, venía en su reemplazo.  

En esas condiciones, la designación de Luis Donaldo Colosio no podía quedar sujeta al libre juego del partido, pues equivaldría a dejar la decisión en manos de los grupos mejor organizados y fuertes del PRI, insatisfechos a su vez con las acciones del gobierno. Luego del enorme descontento generado en las filas del tricolor debido a los golpes asestados desde la Presidencia de la República, aquella posibilidad se percibía como un modo de frustrar el proyecto modernizador en momentos de auge del grupo salinista. Sin embargo, debido al asesinato del candidato presidencial fue preciso recurrir a una modalidad un poco distinta de designación del candidato sustituto.  

Designado el 29 de marzo de 1994, seis días después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, Ernesto Zedillo se convirtió en nuevo portaestandarte del PRI. El asesinato de Colosio impuso una situación de emergencia en el seno del PRI. La necesidad imperativa de dotarse de un presidenciable, las múltiples y recíprocas sospechas en el interior de la clase política a raíz del homicidio, las dudas acerca del o los autores intelectuales, el precedente inmediato dejado por la forma en que el presidente de la República había designado al candidato asesinado, las fuertes pugnas internas del PRI en vistas del nuevo reacomodo de fuerzas, entre otros aspectos, condujeron a adoptar una nueva variante en la designación del candidato: si bien el presidente no resolvió solo, tampoco convocó a una Convención del PRI para nombrar al nuevo candidato presidencial.  

La “unidad” PRI-gobierno constituyó el elemento definitorio, aunque la designación del resto de candidaturas a puestos de elección popular evidenció descontento, desplazamientos y rupturas, pero al mismo tiempo fue el principio de una recomposición interna. A diferencia del periodo previo, el PRI tomó en sus manos la conducción de la campaña.  

Poco tiempo antes el líder cetemista Fidel Velázquez —insatisfecho por la disminución progresiva de sus espacios en el reparto interno de las cuotas— se había comprometido a acompañar al candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio, en sus giras por el interior de la República. No pasaron muchos días antes de que abandonara su propósito “por motivos de salud”. En el fondo aquella decisión buscaba mayor presencia priista en la acción electoral del candidato presidencial. Después de todo era el candidato del PRI.  

Con Ernesto Zedillo el panorama se modificó. En ello influyeron diversos elementos. Probablemente el más importante haya sido el factor sorpresa: el estallido del conflicto chiapaneco había acaparado la atención de propios y extraños y la política había sido desplazada por un ambiente en el que campeaba la posibilidad de la violencia generalizada y la inestabilidad, ruta en la cual las campañas electorales no sólo no eran lo prioritario, sino que tampoco eran percibidas como atractivas por la ciudadanía.  

La llegada de un nuevo candidato, el despliegue de recursos de diverso tipo en refuerzo de éste, la puesta en marcha de una campaña exitosa en condiciones adversas y el triunfo en las elecciones de Ernesto Zedillo. Durante su campaña Ernesto Zedillo presentó lineamientos políticos sin llegar a constituir un programa acabado. Retoma aspectos de lo ya propuesto por Colosio, pero privilegia la idea de la unidad nacional y ofrece certezas para el cambio.  

En su discurso de protesta como candidato del PRI estableció: “Llegaremos al final de este siglo con una economía fortalecida, en la que la estabilidad y el crecimiento estén sustentados en finanzas sanas, en la competitividad y en la modernización.