Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 16 de enero, 2021.- En 1850, en un lugar llamado Chan Santa Cruz un líder mestizo de los mayas encontró el elemento sobrenatural necesario que les dio cohesión de grupo: una cruz de 7 cm. tallada en una ceiba.  

El árbol, considerado desde siempre sagrado, estaba en un cenote de la selva desierta, en una cañada escondida entre lomas empinadas y rocosas. El cenote formaba una gruta de 4.5 metros de profundidad y dos de ancho, con el mismo nivel de agua pese a su continuo uso.  

“La incomodidad de aquel lugar, su entrada baja y oscura, su poco espacio y su ocultamiento eran precisamente los aspectos que agradaban a la imaginación de los mayas”. En ese lugar, considerado sagrado como todos los manantiales, los mayas crearon un santuario. Labraron una Cruz de madera y ésta les habló, a través de un ventrílocuo, les dijo que debían seguir resistiendo, que no tenían que temer, que ella los protegería de las balas enemigas y que debían atacar. Este hecho de apariencia sobrenatural dio a la rebelión un motivo sagrado.  

Esta experiencia religiosa no era nueva para los mayas que ya desde la época prehispánica sabían de la existencia de ídolos parlantes. Este nuevo culto vino a revivir practicas e ideas religiosas tradicionales y la creencia de la Cruz Parlante se difundió rápidamente. Muchos poblados comenzaron a reunirse en torno a la Cruz. Confiados atacaron los poblados blancos y encontraron la derrota y la muerte.  

 Los soldados, al enterarse de la existencia del culto, destruyeron el santuario, mataron al ventrílocuo y se llevaron la Cruz. Estos acontecimientos no impidieron que el culto siguiera difundiéndose y fortaleciéndose. Con el fin de mantener unidos en torno a la cruz a los supervivientes, los líderes de la rebelión la reemplazaron por sus tres “hijas”.  

Las cruces, hechas de madera de cedro, tenían una identidad indígena, las vestían con huipil y falda y las adornaban con collares y cintas de colores vivos. Las cruces eran femeninas, eran Dios y al mismo tiempo la Santísima Trinidad. Otra de sus adaptaciones al catolicismo ya que, aunque el origen de la cruz lo consideraban cristiano, el culto servía a una causa indígena.  

Una de estas cruces se convirtió en la venerada Cruz Parlante, la Santísima, y Chan Santa Cruz fue a partir de ese momento el cuartel general de los mayas rebeldes. Para conservar el secreto de la voz y sustituir al ventrílocuo muerto, cavaron un pozo detrás del altar donde se mantenía oculto un joven metido en un barril de madera que ampliaba y hacía retumbar su voz. Pese al hambre que asolaba la región, las cruces recibían cera, maíz, gallinas, puercos y dinero. Creían sinceramente en la autenticidad de la cruz. Pero no sólo los mayas rebeldes creían en la cruz, también muchos mestizos e indios del ejército yucateco.  

 La voz divina siguió hablando y ahora también escribiendo con el nombre de Juan de la Cruz y firmando con tres pequeñas crucecitas. En sus mensajes llevaba esperanza a los derrotados, juntaba a los dispersos, daba alimento espiritual a los que morían de hambre. “Los cuatro generales y todos los oficiales se reunían una vez por semana aquí para escuchar la obra y el mandato de la Santa Cruz que hablaba siempre a medianoche detrás de una cortina cerca del altar, todo en la oscuridad. Sólo a los generales y oficiales se les permitía entrar. Los soldados y las mujeres permanecían afuera esperando oír por medio de uno de los generales cuáles eran las órdenes de la Cruz. ”  

El movimiento se transformó en una cruzada religiosa que buscaba la unidad interna. El poder de las cruces aumentó y La Cruz Parlante se erigió “en el líder organizador y protector supremo y, más aún, sobrenatural”. Ninguno de los líderes había logrado hasta entonces el control total de los rebeldes. Por esta razón, el gobierno seguía empeñado en destruir el santuario y con ello el culto, pero en cada ocasión los indígenas lo reconstruían, y surgían de manera milagrosa nuevas cruces y siempre una de ellas se convertía en la Cruz Parlante.  

En 1858 iniciaron la construcción de un gran templo de piedra. En una sala interior de la iglesia se encontraba el altar de las cruces, al que sólo podían entrar unos cuantos ayudantes. El resto de la población se reunía en una sala exterior. Como era un objeto sagrado debía permanecer oculta.  

El misterio y lo oculto de la cruz iba de acuerdo con las tradiciones locales en que las imágenes son tan sagradas que no deben estar a la vista del pueblo. Las ceremonias de la Cruz se hicieron más solemnes e imponentes. En torno al santuario Chan Santa Cruz surgieron cientos de poblados, todos contaban con un cenote y un pedazo de tierra laborable. La población oscilaba de 50 a mil habitantes, ahí vivían la mayoría de los cruzob. Chan Santa Cruz siguió la norma del centro ceremonial precolombino. Así como las cruces de linaje necesitaban chozas santuarios para estar apartadas de la vida cotidiana.