Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 4 de noviembre, 2020.- La decisión de Carlos Salinas de designar a Luis Donaldo Colosio como candidato del PRI a la Presidencia, empujó a Manuel Camacho a dejar el Departamento del Distrito Federal y refugiarse en la Secretaría de Relaciones Exteriores, cargo al que renunciaría poco tiempo después para irse como negociador a Chiapas, tras el levantamiento zapatista.  

 El papel activo que tuvo Camacho en la negociación con el Ejército Zapatista volvió a encumbrarlo al punto de opacar la campaña de Colosio. Inmediatamente se empezó a especular de un posible relevo en la candidatura presidencial del PRI, pero los rumores fueron apagados por el propio Camacho en una reunión privada con Colosio.  

Ambos personajes se reunieron a cenar, en casa de un amigo común, el 16 de marzo de 1994. Sin testigos, decidieron poner fin a sus diferencias. El comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas confió a Colosio su propósito de anunciar que no buscaría ya la Presidencia de la República.  

Colosio recibió así la primera señal de esa nueva disposición de quien había opacado su campaña electoral y estaba más metido en actividades políticas que en sus tareas como comisionado. Camacho le cumplió. El 22 de marzo, en conferencia de prensa convocada a última hora, acabó con las conjeturas sobre su inmediato futuro político: “Entre buscar una candidatura a la Presidencia de la República y la contribución que pueda hacer al proceso de paz en Chiapas, escojo la paz.”  

Pero volvió a sus regaños: “Seguiré impulsando la construcción de posiciones de un centro democrático; de una convergencia democrática que trabaje por la paz, las libertades públicas y la justicia; que facilite reformas democráticas; que reduzca polarizaciones; que prepare mejores respuestas a las necesidades populares sin perder la responsabilidad de la conducción de la economía, y que reafirme los valores de nuestra identidad nacional”.   

En respuesta implícita a la observación de Colosio en el sentido de que debió ajustarse a las reglas del sistema, Camacho enfatizó que seguiría actuando de acuerdo con las reglas de la convicción, de la verdadera política y del compromiso público. “No lo haré con las reglas de la sumisión ni las del silencio”.  

En conclusión, Camacho dijo al día siguiente, en San Cristóbal de las Casas, que haría otro anuncio importante. El atentado contra Colosio, del cual se enteró cuando se encontraba en las oficinas de la diócesis de San Cristóbal, impidió conocer ese anuncio. En cuanto supo lo sucedido en Tijuana, se reunió con los periodistas y les dijo que posponía la información.  

Serio, pálido, agregó: “Con todo el país, me uno a la indignación por el atentado contra la vida del licenciado Colosio. Lo ocurrido es un atentado en contra de la paz y de la democracia en el país. El valor principal es la vida y la dignidad de las personas. Lo ocurrido es una gran ofensa a su familia, es una gran ofensa a la familia de todos nosotros. Es una gran ofensa a la nación”.  

Regresó a las oficinas de la diócesis, para reunirse con el vicario Gonzalo Ituarte, en ausencia del obispo Samuel Ruiz. Allí, momentos después, recibió una llamada a través de la cual le comunicaron que Colosio había muerto. Casi al mismo tiempo, llegó el general Othón Calderón, acompañado por policías militares y agentes judiciales federales, quienes escoltaron a Camacho Solís hasta el hotel Ropa Vieja.  

 Alrededor del hotel se montó un dispositivo de seguridad. Al día siguiente, muy temprano, Camacho, en un vehículo blindado, escoltado por trece automóviles, se trasladó a las instalaciones militares de Rancho Nuevo; de ahí fue llevado en helicóptero al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez. Un avión lo trajo a la capital del país.  

¡Colosio sí, Camacho no!, ¡Colosio sí, Camacho no!”, gritó un grupo de priistas cuando advirtió su presencia en la funeraria Gayosso, el jueves 24. El comisionado para la Paz y la Reconciliación acababa de llegar de Chiapas. Los aplausos, porras y gritos de aliento que había escuchado hasta antes de ese día, se convirtieron en marcadas expresiones de repudio después del asesinato del candidato del PRI a la Presidencia de la República: “¡Que se vaya!, ¡Eres un Judas!, ¡Fuera!, ¡No tienes nada que hacer aquí!”.  

Sin inmutarse, Camacho Solís siguió su camino. No más de 20 minutos permaneció cerca de la familia Colosio. Escoltado por su jefe de seguridad, salió a la calle. Y apenas cruzó la puerta, se reanudó el coro de reproches de un contingente de jóvenes priistas. Hubo, incluso, quien lanzó objetos a su paso, ninguno de los cuales lo alcanzó.  

Camacho Solís apresuró el paso, seguido de una docena de reporteros que trataban de arrancarle algunas palabras. Por fin, luego de colocarse bajo la sombra de un árbol, accedió a hablar: en tono duro reiteró que no aspiraba a la Presidencia de la República. Con este anuncio acababa un capítulo de la historia de México, en el que hasta la fecha hay más dudas que respuestas sobre lo acontecido con el homicidio de Luis Donaldo Colosio.