Pablo Cabañas Díaz/Noticias y Debate M3  

CDMX, 5 de octubre, 2020.- El periodista estadunidense Terence Poppa, en su libro El Zar de la Droga, lo describe así: “González Calderoni se distinguía de la mayoría de los comandantes federales mexicanos de ese entonces. Mientras que muchos de sus colegas eran de humilde extracción, se decía que él contaba con su propia fortuna. Aunque sólo tenía tres años de trabajar como policía federal antes de ser asignado a Ciudad Juárez, el comandante, de rostro ovalado y cabello ondulado, se había ganado la reputación de ser un domador de pueblos en las conflictivas comunidades fronterizas cercanas a la costa del Golfo”.  

Se comentaba, en esos años, que el primer acto oficial del comandante fue dar a su predecesor, 24 horas para salir de la ciudad. El segundo fue tocar a la puerta de la mansión de Ontiveros, el más famoso narcotraficante de Ciudad Juárez, y arrestarlo junto con 12 de sus secuaces, después de pasar por las mascotas del narcotraficante: una boa, un tigre y varios cocodrilos.  

González Calderoni, nacido en Reynosa, Tamaulipas, en 1949, en pañales de seda, hijo de un importante funcionario de Petróleos Mexicanos y de una modelo de origen italiano, no fue el clásico policía rudo, inculto, bronco, sino un personaje de modales finos, con pleno dominio del inglés y francés, merced a la educación que recibió en los mejores colegios particulares.  

A diferencia de su progenitor, que era un magnate en los negocios, González Calderoni decidió incursionar en el servicio público. Sus primeras experiencias como empleado menor fueron en Petróleos Mexicanos y ya como funcionario de cierto nivel, en el Registro Federal de Vehículos. No obstante, en ninguna de las dos dependencias destacó, por lo que enfocó su mira hacia las corporaciones policiacas.  

Durante los nueve años que permaneció activo en las filas de la citada corporación, estuvo bajo la supervisión y las órdenes de los procuradores Enrique Álvarez del Castillo e Ignacio Morales Lechuga.  

Uno de sus mejores amigos, maestro y protector, fue el comandante Carlos Aguilar Garza, al que ejecutaron años más tarde. En su momento se comentó que el crimen había sido ordenado por el mismo González Calderoni.  

Adquirió notoriedad y épica al detener uno de los más peligrosos narcotraficantes del país, Miguel Ángel Félix Gallardo, a varios comandantes y al ex director de la Interpol, Jorge Miguel Aldana Ibarra. Perseguía a unos carteles y amparaba a otros. Su tren de vida y la sangre vertida acabaron por delatarle.  

Comedido y atento hasta el servilismo con sus superiores, pero altivo y déspota con sus subordinados, escaló rápidamente diferentes cargos para convertirse en “X-1”, es decir segundo en jerarquía después del subdelegado judicial federal.  

Así, ocupó diferentes plazas en Monterrey, Nuevo León; Ciudad Juárez, Chihuahua; Guadalajara, Jalisco; Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y en Cancún, Quintana Roo, donde estableció contacto con los principales narcotraficantes de México, pero de manera especial con los hermanos José, Juan y Humberto García Abrego, jefes del Cártel del Golfo, aunque antes sirvió a Amado Carrillo Fuentes, cuando éste aún no se consolidaba como “El Señor de los Cielos”.  

Este tipo de relaciones le permitieron cobrar cientos, miles y millones de dólares por concepto de protección a los diferentes capos de las drogas en el país, aunque su primer trabajo importante lo llevaría a cabo el 24 de abril de 1987. Al respecto, Calderoni dijo que él sólo cumplió en la ejecución de un importante operativo para capturar a Pablo Acosta Villarreal, alias “El Zorro de Ojinaga” o “El Pablote”, pionero de lo que al paso del tiempo se transformaría en el Cártel de Juárez.  

Sin embargo, trascendió extraoficialmente que Amado Carrillo Fuentes, le había pagado tres millones de dólares para que asesinara al capo, de quien se dijo que había muerto durante un enfrentamiento al resistirse a su captura. La autopsia reveló que había sido muerto de un balazo en la cabeza, a manera de tiro de gracia. Con su muerte, Amado Carrillo ascendió en jerarquía dentro de la organización, pero aún le estorbaba su jefe Rafael Aguilar Guajardo, ex comandante de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad y de la Judicial Federal.  

Este fue asesinado el 12 de abril de 1993 y el 31 de enero de 1994, en Nuevo Laredo, Tamaulipas, murió acribillado el comandante Aguilar Garza. En ambos crímenes se mencionó su participación, a pedimento de Amado Carrillo Fuentes, para “limpiarle” el camino.  

No obstante las circunstancias extrañas en que murió “El Zorro de Ojinaga”, para los protectores de González Calderoni, Enrique Álvarez del Castillo y Javier Coello Trejo, así como para la Drug Enforcement Administration (DEA), fue un triunfo inobjetable.  

El comandante Calderoni comenzaba ya a dar muestras del “superpolicía” que dijeron que era y fue ascendido a subdelegado (“Yankee”), siendo nombrado director de Asuntos Especiales. Su trayectoria como sobresaliente policía apenas principiaba. El 5 de julio de 1989 detuvo al comandante Rafael Chao López, posteriormente al también comandante Frank Miller y luego al ex director de la Interpol, Jorge Miguel Aldana Ibarra.  

Pero su triunfo más sonado, fue sin duda la detención de Miguel Ángel Félix Gallardo, “El Padrino”; capo de capos de la mafia, realizada el 18 de septiembre de 1989. Se dijo entonces que se había dado una más de las traiciones de González Calderoni.