Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 3 de marzo, 2019.- –Siempre tengo hambre –dice Serafo y toma otra tajada de la rosca del día de Reyes.

–Se te subirá el azúcar, padre –le digo. Se hace el sordo. De los que no oyen, pero bien que componen:

–Tocan a la puerta, padre.

–¿Quién está muerta?

–Que tocan a la puerta…

–No, aquí no hay huerta. En el rancho sí teníamos, con duraznos, nopales, higos, ciruelas. El naranjo nunca rindió y mi apá lo tumbó, ¿quieres otra rebanadita de rosca? Poco veneno no mata…

–Ya lleva tres rebanadas y dos tazas de chocolate, se le va a subir el azúcar –insisto.

Hará tres meses que Serafo estuvo en coma diabético. La libró. Pero al menor descuido rompe la dieta: se pone a barrer el patio; sale a la calle, barre la banqueta y cuando menos espera uno ya tocan a la puerta.

 –¡Don Sera ya les ganooó! Lo vi echándose unos taquito de carnitas en el mercado, y luego pasó por una bolsa de churros. ¡Don Sera ya les ganooó! –Es Carmelita quien avisa, vengativa, como una niña maldosa.

Serafo sabe quién va y viene con el chisme. Pero no dice “esta boca es mía”. Sigue tratando con amabilidad a la vecina, le ayuda con la bolsa cuando retorna del mercado. Sabe que ella se molesta, pero insiste en agarrarle la mano y no soltarla hasta que la anciana se jalonea y amenaza:

–Deje que lo sepa mi marido y verá qué buena zarandeada le da.

–¿Buena zarandeada me da? ¡Nos la damos! ¡Ya estaría de Dios! ¿Para qué aguantarse las ganas? Tiene la piel suavecita, Carmelita. ¿Gusta un churrito? Ándele, con confianza, que uno no es ninguno.

–A ver si dice eso  cuando le suba la presión, el azúcar… Póngase a dieta y deje de malorear a las casadas… Y deme la bolsa, que ya llegamos.

–De todos modos de algo se ha de morir uno, ¿a poco no? Hambres pasé de niño, porque mi madrastra me daba tortillas duras que ni los perros se comían, y caldo sin carne; de la olla de frijoles, nomás el agua oscura-oscura, desabrida. Ora que hay, no quieren que coma: ¿pus qué hice en la vida que siempre debo estar con hambre, hombre?

–No hizo nada, nomás que su páncreas no funciona como debiera. Cuídese, no ande de comesolo –dice Carmelita.

Serafo no entiende. Extrae un muñeco de la rebanada de rosca y le da una mordida más. Alrededor, sus nietos juegan, los perros corretean.

–Cuando llegué a la ciudá pasé hambres: no sabía leer, ni escribir. Mi apá nunca consideró que debía de mandarme a la escuela, cuantimenos mi madrastra, para quien sólo era una bestia de carga o un animal a quien podía dar de garrotazos cada que se le antojara o cuando estuviera de mal humor –repite por en enésima vez la historia de su vida al lado de la madrastra–.  Era mala, muy mala. Por eso todos los hijos que traía se le morían, y eso la hacía hervir de coraje contra mí: eres el demonio, me decía: cómo es que atiendo a mis chiquitos y Dios me los recoge. Y a ti, que ni de tragar mereces, aquí te tiene; eso no es justo Diosito, decía la jija… ¿Crees que es justo que se le niegue el bocado a un chamaco?

–Pues si come como usted cada que uno se descuida, sí –bromeó–.  Cualquier hospicio se iría a la quiebra con usted: siempre está moviendo bigote, no tiene llenadera. Al rato todos estaremos diabéticos, gracias a los sustos que nos hace pasar. Puede comer de todo, de a poquito. Pero no: ahí está duro y dale al pan, a las tostadas, al chocolate, a los churros, a los taquitos de suadero, a los  trozotes de chicharrón.