Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 15 de noviembre, 2019.- La relación entre nuestra identidad, lo que somos o creemos que somos; y lo que los demás piensan de nosotros, es decir el reconocimiento que recibimos de otros, es muy estrecha. Lo que somos es moldeado fuertemente por la imagen que los otros tienen.

Cuando alguien o un grupo se siente excluido dice que no se le reconoce, ya sea una etnia, una nación o cualquier otra minoría, es un tipo de opresión que deforma y moldea la concepción que dichos seres humanos tienen de sí mismos y es una de las armas de manipulación y discriminación más fuertes que existen.

La falta de reconocimiento no sólo muestra una falta del respeto debido porque no se trata sólo de una cortesía que debemos a los demás, sino que es una necesidad humana. Esta ausencia inflige una herida dolorosa en las víctimas y causa una disminución de la autoestima y hasta un mutilador odio a sí mismas pero ese desprecio también lleva consigo la generación de odio y violencia en contra de los demás grupos.

La imagen devaluada de cualquier persona o grupo le lleva a sentir y pensar que tendría que realizar proezas inverosímiles para que su vida valiera la pena y debería castigar a aquellos a quienes siempre ha envidiado. Lo que al final está en juego en este proceso es el reconocimiento de la dignidad humana.

Charles Taylor es uno de los teóricos que más ha aportado al análisis de este problema y coloca a la dignidad como aquello que puede ser compatible con una sociedad democrática, porque es un concepto que se opone a cualquier jerarquía como el honor, el título nobiliario o el puesto político, todos tenemos dignidad y por tanto tenemos derecho a ser reconocidos y a que se nos reconozca nuestra identidad, es decir nuestras ideas y formas de pensar.

Lo importante es que ya no se tenga a ciudadanos de “primera clase”, frente a ciudadanos de “segunda clase”. De lo que se trata es de tener ciudadanos libres e iguales entre sí.

Todos somos dignos de respeto. Y no es algo que tenga que ver con un cálculo instrumental de efectos y consecuencias, es un tema de nosotros mismos, no es Dios o la Idea del Bien a quien tenemos que prestar atención para actuar rectamente, sino a una especie de voz interior de la naturaleza que podría resumirse en la frase Boaventura de Sousa Santos: “Tenemos derecho a ser iguales cuando las diferencias nos inferiorizan y tenemos derecho a ser diferentes cuando la igualdad nos descarateriza”

El reconocimiento igualitario no sólo es el modo pertinente de conservar una sociedad democrática sana, es simplemente el mínimo respeto que todos debemos a cualquier persona, poner estigmas a blancos, negros, católicos, protestantes, indígenas, mestizos, conservadores, liberales, fifis y chairos, y calificar a unos de buenos y sabelotodo, y a los otros de malos, estúpidos e ignorantes, no sólo es una falta de reconocimiento a seres humanos, a mexicanos, es un rechazo que puede causar daños no sólo a aquellos a quienes se les niega la aceptación, sino a toda la sociedad. La consecuencia puede ser la violencia y el regreso a una sociedad en la que la única ley vigente sea la del ojo por ojo y diente por diente.