Emiliano Pérez Cruz/Noticas y Debate M3

Nezahualcóyotl, 3 de julio, 2020.- Parece que va a llover, el cielo está encapotado… No parece, más bien llueve, llueve, ¡Ay cómo llueve! Y este ronroneo sobre el tejado que no cesa y amodorra, sobre todo cuando a media tarde el cielo se desgrana, después de la hora de la comida…

 Y hay que reiniciar las labores propias de cada quién y el cuerpo se niega a responder, más bien tiene güeva, tiricia, como que se siente uno tanatudo en este lapso en que ni se tienen todas las energías de las horas primeras del trabajo, ni se han agotado: más bien como que quisieran un ratito libre para la recuperación…  

Y entonces busca uno la manera de echar una pestañita, peinar a la tortuga, jetearse aunque sea unos minutos. Pero, ¿cómo, si estamos en horas hábiles? Ese cómo olvida: un tiempo hubo en que dentro de estas horas se abría un paréntesis para la siesta, la siesta reparadora de aquellas fuerzas ya gastadas que sólo piden guan momen plis para cargar la pila y volver a la faena y al cabuleo dentro de la labor.  

Pero una cosa son las intenciones a ultranza de elevar la productividad (capataces de por medio o in-ge-nie-ros de relaciones in-dus-tria-les, como se les llama ahora) y otra el descansito bienhechor, aunque sea clandestino. En las fábricas no falta el valiente que arriesga perder el empleo o sufrir los castigos de rigor, con tal de echarse una siestecita, ya sea en el baño, en la bodega o bajo alguno de los armastotes que sirven de banco de trabajo.  

Para esto se requiere la complicidad de algún cuate o amiga, que echará las consabidas ¡aguas, aguas! cuando el peligro aparezca y entonces sí, literalmente habrá que tirar la güeva y reintegrarse al turno y a la rutina de la producción en cadena, que imposibilita las capacidades creativas.  

En la burocracia se dan casos singulares de creatividad para echar la siesta sin que (aparentemente) nadie se las huela. Digamos que la dama que está en aquel escritorio acude al tocador, regresa con la cara fresquecita gracias al agua que le ahuyentó la modorra y vuelve a su sitio de trabajo.   Todo en vano, el bochorno la invade nuevamente.  

Coge sus gafas oscuras, las coloca con parsimonia, coge papel y lápiz, el codo de la siniestra se apoya en la superficie del escritorio y con la mano sostiene la cabeza, como si cavilara con la sien del mismo lado apoyada en el índice.   Con el lápiz en la diestra garabatea sobre el papel, pero no por mucho tiempo: a los pocos minutos duerme y quien no la conozca juraría que cavila, cavila y cavila…  

 Por fortuna, cuando uno tiene oportunidad de estar en otras entidades descubre que la sana costumbre de la siesta sobrevive a los embates de la modernidad. Los comercios no se tientan el alma para cerrar un rato, y digamos que esto se da, como dijera aquel prehistórico comercial: de Sonora a Yucatán, previo brinco en la capital del país.  

Claro que no todos los comercios se dan esos lujos: las cadenas de supermercados que se expanden del Centro hacia los estados de la república se rigen por la regla de la máxima ganancia, y qué van a dar oportunidad para que sus trabajadores hagan la meme, aunque los pasillos de las “superofertas” permanezcan con escasa clientela.  

 Pero las cortas distancias que existen en las ciudades del interior permiten a sus habitantes comer en casa y, aunque sea unos minutitos, cerrar los párpados y luego retornar al trabajo. Otro gallo canta en las monstruopolis y la gente tiene que darse sus mañas para, aunque sea colgados del pasamanos, dormitar un poco; los estudiantes curan desvelos soltando la baba en la pesera o en los autobuses suburbanos.

Quien se traslada de terminal a terminal lucha por lograr un asiento y si lo consigue, ya puede dormir en paz: de menos una hora podrá hacerlo en santa paz, en medio de la muchedumbre solitaria que vela su sueño con el cuello torcido debido a la escasa altura que va de piso al techo en las combis o microbuses.   No se crea que es vicio. Simples necesidad del cuerpo es la siesta, que la ingeniería en relaciones industriales soslaya…