Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3  

Morelia, Mich., 2 de octubre, 2020.-Acabábamos de salir de clases de la secundaria 86, que estaba en plena loma de Iztapalapa, cuando se me ocurrió decirle a Javier que sería bueno visitar la cueva donde aseguraban se había filmado una película de El Santo. Javier sostenía que un pariente suyo lo había visto. Le dije que sí, aunque para mis adentros sabía bien que era puro cuento, si el Enmascarado de Plata no filmó película en lugares como éste en pleno cerro, si todos saben que no salía de los Estudios Churubusco.  

Bajamos por la calzada Ermita, rumbo a Rojo Gómez, luego dimos vuelta a la derecha y seguimos por un camino escabroso para llegar a la famosa cueva, aunque solo se veía una entrada amplia de una simple enorme caverna que no daba a ningún lugar. Cerca de ahí había una entrada reducida por la que había que entrar acostado,  y luego había una cueva amplia y oscura con varias grutas. Decidimos entrar porque la otra cueva no tenía nada extraordinario.  

Tremendo susto nos metieron tres chavos ya grandes, entre los 18 y 23 años, claro si tomamos en cuenta que nosotros teníamos 13 años. Pensamos que nos iban  hacer algo. Uno de ellos nos preguntó que si no habíamos visto policías o soldados por ahí cerca. Les dijimos que no.  Luego nos comentaron que eran estudiantes y estaban huyendo porque a muchos de sus compañeros los habían matado.  

–No hemos visto  a nadie, y ¿cuándo pasó eso que dicen?, porque en la tele no hemos visto nada–, dijo Javier.  

Nos dijeron  de algo que había pasado en Tlatelolco, que había matado a muchos de sus compañeros y a otros los habían encarcelado. Javier y yo nos quedábamos viendo, como diciendo estos nos quieren tomar el pelo.  

Después de un  rato no pidieron que les compráramos unas tortas y refrescos. Le dijo que cerca de ahí, en la esquina de Ermita y Rojo Gómez en la tienda Las Golondrinas preparaban las mejores tortas. Nos dieron  dinero y fuimos de volada a comprar  la comida y los refrescos.  Luego que regresamos nos regalaron un peso de propina. Casi de inmediato nos fuimos a nuestras casas.  

Regresamos a la cueva al otro día y ya no estaban, seguramente se habían ido a otro lugar. Semanas después presentaron en televisión  el informe del presidente Gustavo Díaz Ordaz donde aseguraba que asumía la “responsabilidad íntegra, de manera personal, ética, social, jurídica, política e histórica”, de los sucesos ocurridos el 2 octubre del 68, mientras que el resto de los diputados priista aplaudían jubilosamente.  

Mi papá estaba en la casa de El Alicante, solo escuché que alguien comentó: “se lo tienen bien merecido, si los mandan a estudiar  no para armar alboroto y hacer sus desmadres”. Tuvieron que pasar varios años para entender lo que realmente había ocurrido. Incluso muchos mexicanos esperaron décadas para comprender en realidad lo que fue ese Movimiento Estudiantil.  

Con una actitud despótica, agresiva e insultante hacia los jóvenes caídos, Díaz Ordaz minimizó lo ocurrido,  sostuvo que no fueron cientos de muertos, “si acaso unos 30 ó 40 entre “soldados, curiosos y alborotadores”.  

 Díaz Ordaz murió el 15 de julio de 1979 sin  enfrentar ningún cargo. Pero siempre asumió su responsabilidad moral y política de tan denigrante acontecimiento, pero ya ocupa el lugar que le corresponde en la historia, así como el repudio de millones de mexicanos. Javier y yo estábamos muy chavos para entender lo que había ocurrido.