Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 2 de noviembre, 2019.- El frío helaba las tecatas de salitre. Pero María la Galleta salía descalza. Hermosos. Finos, delgados pies. Reía sola. O casi: reía con sus perros, a ellos reía y hablaba: eran tres: dos ratoneros y un pastor alemán; decía: corrientes los tres, o mestizos. Salía desnuda. En la madrugada. El vaho nublaba su cara. Otros decían que también su bajo vientre.

 En casa del Ñevesñeves, su tío, halló asilo. Sus cuatro hijos (Arturo, Ramón, Félix, Esther y Rosa) de inmediato fueron sus enemigos, porque el vecindario de inmediato dio por hecho que la viudez de don Miguel el Ñevesñeves ya no era y a sus muchachos los cotorreaban:

 –Ándele, ándele, conque estrenando mamá, ¿a poco no?

 –Ora sí ya tengo suegra a quien pedirle su mano, Esthercita; bien guardadito que se lo tenía, ¿eh…?

 Los sábados, María la Galleta salía muy temprano con una bolsa enorme repleta de zapatos usados de mujer y se instalaba en el tianguis de chácharas, a la espera de alguna clienta. A media tarde levantaba su tenderete, contaba lo recaudado y de pasada compraba verduras en el mercado, retazo de res, tortillas y un refresco familiar.

Cocinaba la cena para don Miguel, siempre taciturno. Con agua rebajaba el refresco y lo compartía con aquel hombre al que –desde la muerte de Ramona, su mujer– la tristeza lo invadió.

 Ambos se vinieron de Acámbaro y se instalaron en el par de cuartos de adobe que Miguel levantó, aledaños a la casa de su paisana Natalia, quien se dio a la tarea de catequizar a los chamacos que ya tuvieran edad para hacer la primera comunión.

 Ramón y Arturo aprendieron el oficio de albañil. Félix ayudaba a su padre en la elaboración de nieve de limón y de fresa. Esther y Rosa acudían por las tardes al cuartucho que los vecinos habilitaron para el par de maestros, que a diario venían desde la ciudad para alfabetizar a los habitantes del llano.

 La galleta quedaba sola por las mañanas, y era feliz atendiendo a sus pies: cortaba y limaba sus uñas, las pintaba con barniz rojo, calzaba sus sandalias, y se marchaba con la enorme canasta colmada de dulces: acitrones, calabazates, muéganos, natillas, mazapanes, turrones, cocadas, palanquetas y bolitas de cacahuate, alegrías, pepitorias, trompadas…

 Se volvió dulcera porque un día decidió que en algo más podía ocuparse, y compró el canasto. Faltaba la mercancía. Un sábado que Félix volvió con algunos tragos encima, lo abordó:

 –Dame dinero para comprar dulces, manito; ándale…

 El gordo la miro con su ojo sano. El izquierdo lo perdió porque “le cayó nube”, según diagnosticó la Señito, yerbera y curandera del barrio: “Algo muy fuerte vido, que el ojo se dañó con la fuerza del Mal”.

María la Galleta agachó la cabeza. Félix fue el primer hombre en su vida. No había nadie en casa. La tumbó sobre la mesa de la cocina y a tirones le arrancó la ropa. Ella luchó en silencio, cuando se dio cuenta que Félix no estaba jugando. Varios días le duraron las piernas entumecidas. Y a nadie contó lo sucedido. Pero desde entonces se sintió vacía. Triste. Solo cuando se pintaba las uñas era feliz.

 Félix mostró un billete de 20 pesos y lo pasó repetidas veces frente a sus ojos. María lo atrapó y comenzó a vestirse. Más tarde esperó que pasara el camión que la llevaría a La Merced. Camino hasta el Mercado de los Dulces y de regreso hasta la iglesia de La Soledad, donde esperaría al autobús que la llevaría de retorno al salitral. Miró a las prostis que circulaban entre los pasajeros.

 Le atrajo la desfachatada actitud de las mujeres para ofrecerse como mercancía a los hombres que, recargados en el muro de la iglesia, hacían fila para solazarse con los cuerpos de aquellas provincianas de atrevidos escotes, faldas cortas, tacones altos y un rollo de papel higiénico ensartado en el índice de la diestra, que agitaban en la cara de los potenciales clientes, quienes apenas susurraban, como apenados:

 –¿Cuánto?

 –…más lo del cuarto–, escuchaban. Metían mano al bolsillo, se arreglaban y, tras el acuerdo, se introducían en alguno de los cuartuchos de la calle del Rosario; a los pocos minutos salían fajándose los pantalones.