Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 13 de marzo.-Mágara acarreaba petróleo del expendio que se encontraba  enfrente de la capilla de San Miguel, lo llevaba a un lugar cercano de la colonia La Purísima. Padecía de sus facultades mentales, él era adulto, pero tenía alma de niño.

En esos años, en el rumbo de Iztapalapa había gente que cocinaba con estufas de petróleo. Mágara se dedicaba a los mandados. Su lenguaje no era muy fluido, solo se limitaba a decir:

–Sí señito, ¡Tío ese niño quiere pegar!

Yo tenía 12 años cuando llegamos a vivir al barrio. Un día observé que pasó por la calle con un recipiente de petróleo, algunos niños le gritaba “loco”, ¡Mágara a que no me pegas!, pero él no era violento, solo en algunas ocasiones les lazaba piedras, cuando lo hacúan enojar en exceso.

En los días de carnaval seguía al grupo que se disfrazaban de cualquier cosa, sobre todo de mujer, lo que aprovechaban algunos gays (así se les dice ahora) para manifestarse sin inhibiciones. Los acompañaban dos o tres músicos por las calles del barrio. La gente les daba alguna moneda. Mágara iba feliz, a veces bailaba al ritmo pegajoso de la música.

 En Semana Santa, cuando  se lleva a cabo la representación de Cristo, a Mágara se le veía emocionado. Señalaba a los personajes de la procesión y gritaba.

–¡Papá Diosito!

Algunos adultos lo protegían, cuando pasaba por la calles, porque varios niños lo molestaban, o porque  les agradaba los gestos que hacía. Mágara era moreno, delgado. Vestía con ropa vieja y zapatos en mal estado. No lo sabíamos, pero Mágara era un personaje del barrio que pudimos observar en la calle durante años.

Un día, cuando ya éramos jóvenes alguien preguntó por él.

–Dicen que lo atropellaron

–No es cierto, anda por ahí, pero como cerraron la petrolería ya no baja por este lado.

Nunca supimos de su familia. A veces lo veíamos por la tienda de mi tío Jorge,  siempre con su pequeño bote de petróleo.

–Ya voy tío, ya voy—decía.

Creíamos que vivía por la calle de Victoria, o una calle más adelante, Colón. Lo cierto es que nunca más lo volvimos a ver, como tampoco todas las costumbres que se perdieron con el paso de los años.