Salvador Jara/Noticias Y Debate M3

CDMX, 8 de mayo, 2019.- Los rituales, las normas, las costumbres son nuestros mecanismos de identidad. Nos identifican, nos reúnen, nos recuerdan. Son un reflejo de valores personales y sociales, y facilitan la convivencia. Dejar pasar a una persona, ceder el asiento a las personas mayores, no gritar en la calle, no interrumpir a quien está hablando, contestar sin groserías ni aspavientos, no rebasar por la derecha, no decir mentiras, no burlarse del demás, ser aseado, todo esto es un cúmulo de pequeños detalles que valen mucho.

Vivimos, se dice, en la Edad de la Razón, sucesora de la oscuridad medieval, una época  civilizada, también se dice. Pero a pesar de todo, una época en la que la violencia y la velocidad de la vida nos consumen y hacen desaparecer esos pequeños rituales que contribuían a nuestro bienestar cotidiano y abonaban desde una sonrisa hasta un obsequio inesperado.

Hoy todos esperan no sólo todo, sino que lo quieren rápido. Pretenden obtener todo de la manera más sencilla y más veloz posible, cada vez importa menos la paciencia para hacer las cosas bien y de buenas, la paciencia para disfrutar lo que se hace, hay que hacer todo como salga y de malas. Todos esperamos las cosas de inmediato, que nos contesten el teléfono, los mensajes, que los resultados se den como por arte de magia, como si todo fuera fácil, si no ha habido resultados es por incapacidad. Ya no sabemos esperar. Las caras cotidianas de transeúntes y los automovilistas lo dicen todo.

Las personas de hoy no distinguen ya o no les interesas distinguir entre lo que construyen y lo que a la vez destruyen con cada acción. Lo que importa es la prisa. Como si la ponderación prudente, la búsqueda del equilibrio y la sensatez hubieran muerto. No importa cuánto se destruya el medio ambiente con una construcción o cuánta violencia se provoque con un grito airado e iracundo en medio del tráfico cotidiano, ni es importante a quien puedo molestar con mi música a todo volumen, con el ruido de mi moto o con mis gritos.

La vida la hacemos transcurrir muy rápido, a toda velocidad, siempre estamos llegando tarde porque nunca salimos con calma y a tiempo. Salimos siempre pensando en la prontitud, en inmediato, solo esperamos para poder decir que llevamos prisa, no sabemos ya movernos despacio.

Estamos en un mundo con mucha tecnología y poca ciencia, dijera Umberto Eco. Un mundo en el que la tecnología es la que te da todo enseguida, como si fuera magia, aprietas un botón y ya está. La ciencia, en cambio, avanza despacio, con la prudencia que falta a los usos tecnológicos.

Es muy fácil usar la tecnología y muy difícil educarse en la ciencia porque ésta requiere del pensamiento analítico y crítico, necesita de la búsqueda y evaluación de la evidencia, del análisis lógico, de la construcción de conclusiones plausibles y coherentes.

En la rapidez cotidiana atropellamos no solo la posibilidad de pensar más y mejor, de dar tiempo a nuestros semejantes, de darnos tiempo a nosotros mismos, nos llevamos también en ese atropello las costumbres que antes eran valores y modales que eran la base mínima de la educación para la convivencia.

Desgraciadamente hoy día se presumen lo que antaño eran valores, se admira al violento, al que grita y falta al respeto de la autoridad, se justifica al que delinque y al flojo, y cada vez menos personas se ven a sí mismas en los demás. Las acciones no tienen más justificación que satisfacer lo individual, mis gustos, mi ideología, mis ideas, lo demás y los demás han dejado de ser importantes.

¿Cómo regresar y detener esta caída? Podría parecer una verdad de Perogrullo pero debemos mirar hacia los niños y la escuela, hacia la educación en todas sus formas y posibilidades, educar, educar, educar y educar con el ejemplo. Educar en la familia, en la escuela, por internet, en la televisión. Educar en los deberes cívicos, en los valores, en los procedimientos científicos, en la responsabilidad y la disciplina, en la prudencia y en el difícil arte de vivir con bienestar.