Pavel Guzmán/Noticias y Debate M3   

Zacapu, Mich., 21 de noviembre, 2020.- En lo que se refiere a las regiones de Zacapu, Pátzcuaro y la Cañada, las demandas giraban principalmente en torno a la devolución de las tierras, ya que las grandes haciendas, como las de Cantabria, Bellas Fuentes, Buenavista, El Cortijo, Casa Blanca, Huiramba, San José Huecorio, entre otras, acapararon grandes cantidades de tierras, sustituyendo el cultivo tradicional de subsistencia, por el de exportación comercial, lo que provocaba severas crisis de maíz como las que acontecieron en 1908 y 1910.   

Además, la hacienda absorbía una gran diversidad de recursos naturales, como pastizales para alimentar al ganado. Tierras, ríos y manantiales que abastecían de agua para el cultivo, o para el uso doméstico. Así mismo, contaban con grandes zonas de bosques para obtener madera de exportación y combustible.   

Al estallido de la revolución, en Michoacán había un descontento generalizado, sobre todo por la expansión del ferrocarril, pues a su paso usurpaban terrenos comunales, destruían los bosques para fabricar rieles y sometían a los campesinos despojados como asalariados, alterando su forma de vida y convivencia tradicional.   

Los primeros movimientos que se dieron en la región p’urhépecha fueron los de Salvador Escalante, Marcos V. Méndez y Jesús García. El levantamiento de los indígenas y campesinos en Michoacán como en todos los estados de la república, se dio por la promesa que hizo Madero de devolver las tierras usurpadas. Compromiso establecido en el punto tres del Plan de San Luis Potosí.   

Entre los líderes p’urhépecha que participaron en la revolución, se encuentra Juan C. de la Cruz, originario de la comunidad de Tarejero, quien el 20 de noviembre de 1910, se suma decididamente a la rebelión armada, permaneciendo en las filas maderistas hasta el 14 de marzo de 1911, participando en diversos combates y triunfos en Tiripetio y Acambaro. Al licenciarse radicó en Tarejero, en donde luchó por la devolución de las tierras comunales.   

Recordamos aquí también a Casimiro López Leco, originario de Cherán, quien para septiembre de 1913 comandaba una fuerza de 150 hombres cuyo propósito era detener la rapaz explotación de los bosques de la Meseta por parte de la Compañía Industrial de Michoacán, posteriormente, obtuvo importantes triunfos militares al defender a su comunidad de los saqueos de Inés Chávez.   

También participaron en la revolución, los p’urhépecha Severo y Félix Espinoza de Tirindaro, Severo Espinoza fue uno de los fundadores del primer grupo agrarista en el estado y desde 1909 comenzó la agitación por la recuperación de las tierras comunales. Otros P’urhépecha revolucionarios fueron Eleuterio Serrato, Gabino León y Salvador Espinoza de Naranja y Ernesto Prado de Tanaquillo.   

Es preciso también mencionar algunos levantamientos en comunidades originarias como en Pamatácuaro, donde se levantaron en armas el 17 de mayo de 1911, Simón Martín, Petronilo Reyes, Magdaleno Aguilar, Felipe Marcos, Higinio Godínez, Lucio Vargas, Florentino Rosales y Luís Alonso, entre otros. Más tarde, en 1912 en la comunidad de Aranza, se unieron a la causa de Pascual Orozco. Sabas, Eugenio y Maciel Valencia, Dionisio, Ildefonso y Felipe Leonardo, Bernardo y Patricio Ortiz, Miguel Campos, Miguel Timoteo y Carlos Equihua.

En el contexto de profunda violencia y vacío de poder, los pueblos p’urhépecha se organizaron para la defensa de sus comunidades, en 1912 las comunidades de Huáncito y Carapan, repelieron exitosamente a diversas gavillas de bandoleros.   

En general, se puede establecer que en las regiones p’urhépecha los primeros levantamientos fueron para la causa maderista, pero al no obtener lo prometido, se sumaron también a las filas zapatistas, villistas o constitucionalistas, sin embargo, la base de los ejércitos revolucionarios, sea cual fuere su afiliación, lucharon constantemente por demandas sociales y agrarias. Al final, inspirados profundamente por el zapatismo, mantuvieron siempre la exigencia de la restitución de las tierras.   

Pese al conflicto armado, el llamado “reparto agrario”, que costó miles de muertes, se dio a paso lento en Michoacán, los gobiernos Constitucionalistas de Alfredo Elizondo y José Rentaría Luviano, mantuvieron inalterable el sistema porfirista, solapando a las compañías extranjeras que continuaban expoliando los recursos naturales y perpetuando a la vieja oligarquía en los puestos públicos importantes. Por su parte el gobierno de Pascual Ortiz repartió escasas hectáreas de tierras en su mayoría secas, pantanosas e improductivas.   

Fue hasta la gubernatura de Francisco J. Múgica cuando comenzaron los verdaderos esfuerzos para llevar a cabo la reforma agraria en un contexto de constante movilización social, misma que permitió la devolución de tierras comunales. Ante la presión social como medio para exigir la restitución de las tierras, los hacendados y las trasnacionales respondieron con asesinatos y muertes, durante los años de 1924-1925 se registró la muerte de 250 agraristas, de los cuales 113 eran p’urhépecha.   


A pesar de los asesinatos, la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas del Estado de Michoacán, logró que durante el periodo 1922-1928 se “repartiera” la cantidad de 88 mil 243 hectáreas de tierra, ya fuera en forma definitiva o provisionalmente.   

Finalmente, es justo describir como muchos agraristas y sus respectivas familias eran mal vistos por la iglesia católica quien los apodaba “los colorados” y promovía el odio contra ellos en las comunidades. Esta institución jugó un papel reaccionario y sustentador del retraso social imperante, toda vez que, desde el púlpito, el sacerdote acusaba a los agraristas de ladrones, quienes “querían hacerse ricos a costa de los terratenientes”, condenándolos literalmente al infierno.   

En síntesis, las mujeres y hombres p’urhépecha nos han dado ejemplo de lucha en diversos periodos históricos, jugando un papel central como sujeto histórico, capaces de trasformar su realidad y con ello generar historia, durante el periodo revolucionario no fue la excepción.

Fuente: Méndez Jacob, Evangelina, los P´urhépecha en la Revolución, 2010.    

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