Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl,  20 de septiembre, 2019.- Usted los ve caminando muy quitados de la pena: son un par de adolescentes, ella y él, muy de la manita, con sus mochilas escolares a la espalda. A ambos, las calles del centro de la ciudad los ven pasar haciéndose promesas de amor eterno, detenidos frente a una céntrica paletería donde saciarán la sed con paletas de grosella y limón, respectivamente.

 —Vamos al cine o a besarnos en los parques —sugiere él, para que ella responda:

—A donde tú quieras, chiquito, pero primero vamos a buscar unos baños públicos para quitarme esta falda y estas tobilleras, que ya me hartaron.

 —Órale, y yo me quito también el uniforme. La ciudad está en aparente calma y es escenario propicio para las promesas que dos adolescentes enamorados pueden hacerse, al margen de lo que acontece en el sureste mexicano, convulsionado por las incursiones del ejército y la judicial federal que andan a la caza de las autodefensas o de la delincuencia organizada, según informes oficiales –que suelen no ser verdaderos.

—A ti, amor, este día/ a ti te lo consagro —dice él a ella, sin confesarle que son versos de Pablo Neruda. Pero él y ella andan de “pinta”, se tomaron el día para deambular prodigándose arrumacos, chucherías y antojitos.

Para ellos, la paz la quisieran todos los días, sin jerarquías escolares, ni hora del recreo, ni apresuramiento para volver a casa, porque dijeron que los habían mandado a estudiar a la biblioteca. Y lo hicieron, y se hartaron hasta que los ojos se cansaron y decidieron dedicarse a ellos mismos.

Usted ve que la pareja de enamorados adolescentes revolotea de plaza en plaza, hace alto ante los escaparates, se brinda quicoretes a granel hasta que el tiempo se les viene encima y entonces enfilan rumbo a la parada de autobuses, donde la magia se les evapora al entrar a las calles terregosas, llenas de baches, bordeadas por casas en permanente edificación.

El y ella habrán de despedirse para, al otro día, rencontrarse en la escuela y volver a la dinámica del “yo mando, tú obedeces”, a la aridez de las clases, al recreo en el patio de concreto encuadrado por altas paredes coronadas con alambre de púas. Antes, buscaron un baldío para nuevamente cambiarse de ropa. —Tú primero y yo te echo aguas —dice él.

Ella accede, no sin antes advertirle que se abstenga de fisgonear. Vueltos al mundo de la simulación y de las obligaciones, se despiden con un beso que prolongan hasta que la respiración les falta y el rubor cubre sus rostros. Cada uno enfila rumbo a su casa, sin apresuramientos. Tienen coartada y sabor a musgo fresco en el paladar.