Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 26 de enero, 2020.-Todavía lo recuerdan algunos hombres viejos de Higuerillas, cuando arribó el primer  vehículo a la ranchería de San Ana. Fue un Ford de los años 40 que conducía El Matador. Esto ocurrió a mediados de la década de los 50.

Entonces solo había carretera pavimentada hasta Aculco, luego había que bajar por la brecha empedrada de La Cuesta. De ahí seguir por el camino a Santa Ana que utilizaban carretas y mujeres y hombres a caballo hasta, donde solo había no más de  cinco ranchitos, y una pequeña iglesia de color blanco que seguramente fue construida mucho antes de la Revolución.

Los familiares y amigos tenían que ir  haciendo a un lado las piedras y tapando hoyos hasta llegar al rancho del abuelo Aurelio. Fue El Matador quien quitó los asientos traseros del auto para subir a una becerra que llevó a la Ciudad de México. Sin duda mi padre tenía sus arranques de loco, y a sus hijos no me los den por buenos.

En temporadas, mi padre se dedicó al comercio de carne. En la década de los70 compró un auto  de la década de los 50, de esos que parecía a los carros del primer Batman que salió en televisión. El auto era automático,  no les costó trabajo acondicionar  la enorme cajuela y quitar los asientos de atrás para trasladar puercos del rancho al entonces Distrito Federal, para luego comercializarlos en los rastros. A los pocos meses el carro se descompuso de la caja y se acabó el negocio.

Por esas fechas en los ranchos vecinos aparecieron las primeras camionetas y automóviles. Fue entonces que mi hermano El Pelos comenzó a viajar  al rancho en una grúa vieja, como la  de Mate de las películas animadas de Cars. Sus viajes eran casi siempre accidentados, porque se le acabó la gasolina o porque se le ponchó una llanta. Además siempre fue medio suicida, no andaba bien de la azotea.

 Casi todas las carcachas que llevábamos  al rancho  se descomponían en el camino, y eso que no eran más de 140  kilómetros  de Iztapalapa a Santa Ana.

En ocasiones salíamos de la ciudad “más transparente dela aire”, porque todavía no se respiraba tanto smog, ni tampoco había  esa enorme cantidad de vehículos que hay ahora; ni  los aproximadamente 22 millones de habitantes. En 1975, era menos de la mitad de gente de la que hay ahora. Hacia la carretera Querétaro la novedad  era Ciudad Satélite ubicada en la periferia de la gran urbe. Ahora hay asentamientos humanos casi hasta Tepeji del Río.

Entre las adquisiciones de la familia hubo un Ford Fairlane modelo 59. Fue de  Alfredo, mío y luego de El Pelos. Recuerdo que una vez íbamos varios amigos en las calles del barrio  de Iztapalapa cuando El Pelos se puso loco y le aceleró sin frenar en el cruce de la calle de Victoria. Fue cuando mi flauta de bambú  que acaba de comprar se la estrellé en la cabeza. Solo así detuvo el auto, y eso después de 300 metros.

Mi hermana Chayo, en cierta ocasión llevó al rancho  un Volkswagen, ya medio carcacha. Comentó que se venía calentando así que le abrió la tapa del motor. Al llegar al pueblo de Aculco el vochito dejó de funcionar, su sorpresa fue que el alternador ya casi se había desprendido. Afortunadamente ahí lo arreglaron.

El peor de todos fue un Chevrolet 57,  era una verdadera carcacha. Como diría un amigo, le sonaba hasta la factura. En cierta ocasión íbamos al rancho, pero era muy difícil controlar la dirección, a veces se iba de lado. Mi hermano El Nene no aguantó el temor y se bajó en la caseta de peaje.

Logramos llegar al rancho en ese carro, mientras que El Nene tomó un autobús a Polotitlán y de ahí se fue caminando a la  casa de Chimino, donde nos alojábamos. Llegó empapado a media noche, tuvo que caminar por la brecha y cruzar por la coyotera, cuando era más seguro el carro en el que milagrosamente llegamos. De retorno a la ciudad de México, el Chevrolet  se regresó en grúa, para buena suerte de nosotros se descompuso del clutch.