Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 25 de julio, 2020.- La adaptación a los cambios es una necesidad para sobrevivir. Parafraseando a Alvin Toffler, los nuevos analfabetas serán quienes no puedan desaprender y reaprender o siguiendo a Darwin, la supervivencia de las especies depende de su capacidad de adaptación al medio ambiente. Y entre mayores sean los cambios así será el tamaño del ajuste. Los cambios violentos no nos permiten prever sus impactos y consecuencias en el futuro inmediato. Cada vez es más difícil planificar las características que deberán tener los ciudadanos del futuro para afrontar exitosamente los retos que les esperan para lograr que transitemos hacia una sociedad próspera y sustentable.

A la problemática de salud de la pandemia se suma el problema económico que incrementa la pobreza y la complejidad de la convivencia social, que afecta a millones de estudiantes.

Desde siempre la educación ha sido una prioridad de las naciones, con resultados poco halagadores para América Latina, ya en la reunión de ministros de educación de celebrada en Cochabamba en el año 2000 no solo se reconocía que no se habían logrado las metas propuestas en la Declaración de México de 1979 de eliminar el analfabetismo y universalizar la educación básica, sino que se señalaba que Latinoamérica tendría que enfrentar tareas impostergables para su desarrollo como la de universalizar la cobertura en la educación básica y media, incorporar a los sectores sociales excluidos (por ejemplo las poblaciones indígenas, mujeres y las personas con capacidades diferentes), mejorar la calidad, ampliar las competencias entre los sectores más pobres, modernizar la educación técnica y masificar la enseñanza superior.

Hay que agregar a estos enormes desafíos el de incorporar la educación a la sociedad del conocimiento y hacerlo con pertinencia: armonizando crecimiento económico, equidad social e integración cultural. Al final el objetivo de la educación no es sólo la capacitación para el trabajo sino la formación integral para disfrutar la vida.

Los rezagos que enfrentamos hoy día nos colocan como una sociedad en riesgo permanente. Si agregamos a esto las últimas malas noticias del aumento de la deserción debido a la pandemia, los retos se multiplican.

Si bien se ha incrementado notablemente el uso de las tecnologías para la educación y cada vez son más los modelos que han flexibilizado el aprendizaje al otorgar mayor autonomía a las acciones de adquisición y aprovechamiento del conocimiento. Se experimenta un acelerado crecimiento de diversas modalidades para acompañar y reforzar los procesos educativos, de entre los que sobresalen el e-aprendizaje (e-learning) y el aprendizaje mixto (blended-learning), el aprendizaje ubicuo (u-learning) y el aprendizaje “justo a tiempo” (just ontime). Aunque estas estrategias ya habían mostrado su éxito a nivel mundial en materia de rezago educativo y como una solución a la falsa disyuntiva de cantidad o calidad en la educación, la pretensión de que sustituyan a la escuela presencial pone de manifiesto sus limitaciones. No es que sea imposible, sino que contamos con muy pocos diseños instruccionales a la medida y los programas y plataformas para realizar los exámenes a distancia con confiabilidad son escasos.

Las ventajas de estas nuevas tecnologías es que propician los modelos de autoaprendizaje, de aprendizaje tutorial e individualizado y además reducen los costos de educación, formación y capacitación; flexibilizan la impartición y la integración de las competencias.

Pero implican un desaprendizaje tanto del maestro como del alumno y la capacidad de reaprender. Pero esta nueva habilidad deberá ser permanente, todo está cambiando rápidamente, tanto las tecnologías como los diseños instruccionales y las habilidades y estilos de enseñar y aprender.

Por ello el nuevo objetivo educativo es enseñar a aprender, para aprender a aprender, para aprender a pensar, para aprender a hacer, para aprender a ser y para aprender a convivir en los futuros contextos que requerirán necesariamente conocimientos, habilidades y destrezas diversas y diferentes a las actuales. Profesores, padres de familia y estudiantes deberán modificar sus prácticas.

Si no queremos sufrir las consecuencias sociales, económicas y de salud producto de un pueblo sin educación, será menester no sólo preocuparnos por nuestro futuro sino saber adaptarnos y ocuparnos de él, a través de políticas públicas fuertes que armonicen la calidad educativa con la impostergable necesidad de evitar la deserción y aumentar la cobertura.