Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 26 de marzo, 2019. –¡Levántate! ¡Sal de ahí y ven a saludarme! Abrázame como cuando me veías llegar después del trabajo, con los pantalones sucios y la tierrita de adobe decorando mis ennegrecidas uñas. “No te avergüences, tú te ganas la vida honradamente. Peores gentes caminan por la calle con la cabeza alta y la joroba escondida”, me decías mientras frotabas alcohol en mis manos ardorosas y marchitas, siempre secas como alacrán asoleado.

La bebida ámbar mengua y la botella comienza a pesar menos cada vez que Cosme la coloca sobre sus labios. El licor escurre entre sus dientes nacarados, se balancea a través de la garganta y reposa cálido dentro de su abultado vientre. Cosme recarga sobre la construcción sus manos ásperas y tienta las paredes húmedas cómo quién acaricia, lastimoso, una alfombra vieja a punto de ser desechada.

–¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? Fue en la ciudad, en Guadalajara. Yo trabajaba remozando las puertas de la Catedral y tú paseabas con el mezquino de tu primo, unos días antes de fin de año. Las calles hartas de foquitos de colores, la vendimia frente al palacio de gobierno, tortas ahogadas y algodón de azúcar en cada esquina, mientras el Santa Claus del mercado se rascaba las rubias barbas a la espera de un niño deseoso de tomarse una fotografía…

Cosme voltea al cielo y clava la mirada en las nubes que decoran el cielo nocturno. Levanta la botella, cierra un ojo y enfoca con el otro a través del cristal diáfano. Recarga la espalda sobre la pared de la pequeña construcción y afloja las piernas lo suficiente para resbalar lentamente hasta llegar al suelo. A su lado, el cuerpo yace inerte, frío, como reposando lánguidamente en una alcoba. Las lágrimas escurren sobre el labriego rostro de Cosme mientras las palabras brotan entre balbuceos devastados: 

–Caminabas del brazo de tu primo, orgullosa, cubierta con tu mandil fino y un par de alhajas de fantasía. En la kermes el tambor y las guitarras alegraban la plaza, me acerqué y te invite a bailar. Me miraste desconfiada, pero pronto sonreíste pueril, casi mística. Tu primo intento ahuyentarme, le presente a fulana y se entretuvo toda la noche: ¿Te acuerdas?

Por algunos momentos la lluvia reaparece e, intermitente, agita la hierba, nutre los charcos y empantana el suelo. Cosme se levanta, alisa su gabán y patea el cuerpo una y otra vez. Bebe de la botella y hace gestos al tragar los residuos; maldice dioses, llora y golpea su nuca infatigablemente contra la pared. A lo lejos, los perros aúllan sentidos, reclamando la ruptura de la quietud nocturna.

–Cuando nos casamos, montado en la tarima de la iglesia, prometí que jamás te iba a dejar, que te sería eternamente fiel y que siempre te cuidaría. ¡Déjame cumplirlo! ¡Levántate! ¡Sal de ahí! ¡Abrázame y prepara una taza de café como cuando cada noche en casa me recibías!

Las sirenas policiacas suenan a la distancia, gritan lastimeras mientras transitan entre las calles recién pavimentadas del pueblo. La gente sube a la azotea de su casa y miran pasar los auto patrulla rumbo al camposanto. En el cementerio, Cosme se tambalea entre las criptas y tropieza continuamente con el cuerpo tendido. Llora desesperado, bebe el remanente de la botella y, al vaciarla, la impacta contra un pequeño monumento de granito. En el bolsillo del gabán conserva aún el cuchillo con mango de latón.

–El día de la boda tomé un cigarro y no me dejaste encenderlo: me pediste no volver a fumar y con gusto abandone el tabaco. Por eso, cuando el doctor te diagnosticó un mal respiratorio no pude entenderlo. Pronto supe que dejaría de verte. Poco a poco, tus dientes de marfil se oscurecieron como el cielo más podrido. Durante semanas te llené de aceites, jarras de jugos mágicos y remedios  milagrosos, pero nada logró aliviar tu dolor en los pulmones…

Los policías bajan de sus vehículos y corren hacia el interior del cementerio. La reja de acceso está abierta y en el suelo húmedo se distingue la marca virgen de un cuerpo recién arrastrado. Los oficiales se detienen detrás de un árbol y se desgañitan infructuosamente. El cuerpo yace a los pies de Cosme que sostiene el cuchillo de mango de latón en la mano derecha, mientras parlotea dirigiéndose a la cripta:

–¡Ven, vuelve conmigo! Prometí que siempre te cuidaría. Abrázame, como cuando me veías llegar después del trabajo, con los pantalones sucios y la tierrita de adobe decorando mis ennegrecidas uñas.

La policía avanza rápidamente. Cosme llora arrodillado frente a la tumba y levanta el cuchillo, mientras el cuerpo que había permanecido inmóvil comienza a moverse.

–¡Vuelve conmigo! Abre ese ataúd y sal de esa cripta, que yo aquí traigo mi promesa: unos pulmones nuevos, los de este hombre, para que respires, para que otra vez sonrías, para que de nuevo me abraces y me digas: “No te avergüences, tú te ganas la vida honradamente. Peores gentes caminan por la calle con la cabeza alta y la joroba escondida”.

noestoylocoemilio.blogspot.com

Facebook: /el.emilio.666

Twitter: @Emilixxx