Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

CDMX, 26 de abril, 2019.- La filosofía, decía Luis Villoro, es la posibilidad de preguntar. No consiste en dogmas o doctrinas, todo lo contrario; en ella no hay respuestas definitivas, hay preguntas pertinentes e inteligentes. Toda filosofía nace de la preocupación de una persona en una situación y en un contexto tal que le invita a reflexionar, a pensar.

En este tiempo y en estas circunstancias las preguntas fundamentales que sugería Villoro tienen una profundidad esencial y hoy cobran mayor sentido: ¿qué debo hacer?, y ¿por qué?

La filosofía es una virtud intelectual para pensar, quizá para pensar mejor, por lo menos para ver el mundo desde una perspectiva más amplia, observarlo y analizarlo desde diversos enfoques.

Desgraciadamente lo que menos abunda en los planteamientos a los problemas de hoy es esa virtud. Lo que rebosa es la pereza para pensar.

Las declaraciones, en su mayoría, carecen de lo más elemental del ideal villorista. Son afirmaciones que adolecen de motivación y fundamentación, son lógica y, con frecuencia, jurídicamente improcedentes. Se trata de ideas inspiradas en creencias y dogmas que dan lugar a conclusiones apresuradas, poco pensadas y lapidarias que manifiestan la ausencia de perspectivas enriquecedoras, pertinentes e inteligentes.

 En las declaraciones cotidianas que aparecen en los medios de comunicación encontramos reparto de culpas, salidas simples, reduccionismo excesivo de los problemas más complejos, poca argumentación y muchas afirmaciones fáciles que pretenden asignar una sola causa a fenómenos complejos. Este reduccionismo se convierte en humo que contribuye a la nebulosidad del análisis serio y riguroso de los problemas.

Lo común es priorizar las diferencias de opinión y llevarlas al extremo de la confrontación por encima de su enriquecimiento y crítica constructiva y, abandonar el problema central y los argumentos para enfocar los ataques en las personas o grupos. Se trata a los demás, a los distintos, como si fueran incapaces de expresar algo digno de ser pensado. Es una negativa a respetar las opiniones de los demás y a considerar a quienes piensan distinto como seres dignos de ser siquiera escuchados.

Los problemas más difíciles son también los que requieren de deliberaciones más profundas, diversas e inteligentes. Que los desacuerdos que necesariamente surgen de las crisis deben ser tratados como diferencias respetables y no como una competencia que necesariamente define triunfadores que sobreviven y perdedores que son exterminados, en una mera racionalización de intereses egoístas económicos, electorales o de cualquier otra índole que sólo denigra a los demás presuponiendo a priori que son inferiores.

Observar las diferencias sólo como conflictos y competencia entre enemigos puede alimentar el odio hacia quienes piensan distinto y se convierte en la mayor falta de respeto a la dignidad de todos los seres vivos. Nada aporta a un entendimiento valioso y a la solución de los problemas comunes.

De los cinco demonios internos que de acuerdo con Steven Pinker nos incitan a la violencia, las ideologías convertidas en dogma son quizá el mayor peligro.

¿De dónde tomar la masa crítica del pensar? Estoy seguro que este es un papel fundamental de nuestras universidades,  pueden y deben ser modelos para la deliberación y la discusión intelectual rigurosa, franca, abierta e intensa. La disposición, pero sobre todo la capacidad de deliberar acerca de los grandes problemas —y especialmente de nuestras enormes diferencias— está en nuestras universidades.

El ejemplo por el respeto mutuo y la capacidad de desplegar los desacuerdos y problemas de manera respetable, razonada y razonable, de encontrar la crítica constructiva y de fomentar la virtud deliberativa, está ahí. La posibilidad de lograr que los desacuerdos sean una fortaleza y nuestras diferencias fuentes de aprendizaje, ahí se encuentra.

Pensar mejor para ver nuestro mundo desde una perspectiva más amplia y observarlo y analizarlo desde muy diversos enfoques, el reconocimiento de las personas y grupos excluidos en un proceso que no necesariamente implique solamente competencia, lucha y enfrentamiento, sino una visión de que todos somos partes de necesarias mundo. En fin, las mejores mentes y las personas que han recibido mejor educación están ahí en nuestras casas de estudio. La vacuna contra la pereza del pensamiento son las universidades.