Ignacio Ramírez/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 6 de julio, 2019.- Dicen que el futbol más que un deporte es una pasión. Por eso no nos extraña que en muchos lugares a los que asistimos se nos manipule con este sentimiento que si bien es cierto ha dado identidad, también ha sido una forma de controlar nuestras frustraciones y limitaciones económicas. Es cuando mejor funciona el concepto de empatía. Es decir, no ponemos los zapatos de otros, en este caso el de los futbolistas.

Usted lo ha visto en cualquier restaurante, reunión o festejo: el cantante del grupo musical ameniza y trata de que la gente entre en ambiente con frases como: ¡Arriba el América!, ¡Arriba el Guadalajara!, ¡Arriba los Pumas!…, y así sucesivamente, para que el público responda con porras, aplausos, gritos, silbidos y  mentadas de madre.

Es parte de nuestra cultura popular. Más allá de la manipulación comercial, porque estamos conscientes que el futbol más que un deporte es una mercancía que nos venden todos los días. El mexicano  es tan aficionado, e incluso muchas veces raya en fanatismo, que no sólo idolatra la playera de su equipo favorito, sino que en su casa pinta los cuartos del color de la playera de su equipo.

Nos gusta ver a nuestro equipo al estadio, luego el domingo en la tarde ver la repetición y comentarios deportivos en la tele. Al día siguiente escuchar en la radio la información sobre los resultados de la jornada futbolera, y antes de entrar a trabajar comprar el diario deportivo. Sobre todo para los hombres, el futbol es lo que le da sentido a la vida, y más si se acompaña con nuestra bebida  preferida.

El futbol en muchas partes del planeta se ha convertido en religión. En México son millones de personas que practican este deporte, pero son más los aficionados y fanáticos. Sabemos de personas que se han quitado la vida porque su equipo perdió. No ha faltado el futbolista asesinado porque falló un tiro penal.

En las iglesias se ha podido ver cómo visten al Niño Dios con el uniforme de la Selección Mexicana. No importa que México tenga una selección mediocre que nunca ha sabido lo que es estar siquiera en una semifinal en una Copa del Mundo, cada cuatro años hay promesas y buenos deseos. La afición no se pierde.

Desde pequeños les compramos a nuestros hijos el uniforme de nuestro equipo favorito.  También los bautizamos con el nombre del futbolista de moda. ¿Cuántos niños no se llaman Diego, Leonel, Hugo, Ronaldo?

Sin duda el futbol es un fenómeno social interesante, tal vez sea porque nos permite soñar, y porque es un deporte que casi en cualquier lado se puede practicar y observar. Es tan generoso este deporte, que ahora los partidos de la Selección Mexicana se juegan en Estados Unidos. Es cierto que en el vecino país del norte hay muchos mexicanos, pero hay más dólares. Se puede observar desde varios ángulos, pero definitivamente el futbol es una pasión.